Maldito (Des)Amor.

25/03/2015

captura_de_pantalla_2015-02-28_a_las_16.28.23 Sigo desde hace ya tiempo a Borja Sémper en su cuenta en Instagram. No veo la televisión casi nunca, así que desconocía a qué se dedicaba; me gusta la política, pero no el panorama actual y las posiciones enconadas que vivimos, en esa especie de círculo eterno donde todo se repite. Pero yo sigo a Borja Sémper por sus fotos, que parecen poesías en blanco y negro, y por sus poemas, que nos regala de vez en cuando, pequeños bocados de realidad tamizados por una sensibilidad nostálgica y atlántica tan propia de todos los que somos oriundos del Norte de España.

Descubrí posteriormente su carrera política y de contertulio televisivo. Y, también, con menos sorpresa, su faceta de (buen) escritor publicado.

Hay algo en la poesía que evoca la marea de la mar: una ritmicidad, un ciclo. La poesía actual, libre ya de los cánones que la sujetaban y la obligaban a adquirir un cariz más de artesanía que de sentimiento, se hace honda, se hace íntima, desgarra corazones, desnuda latidos, hace de la sencillez sendero y de la sinceridad, más que un arma que sacude sensaciones (que también), retrato.

Maldito (Des)Amor es el poemario de Borja Sémper. Un libro que va ganando en hondura y, a la vez, en levedad, a medida que los poemas se van desgranando. Una palabra altisonante aquí, una expresión desconcertante allá, y dibuja la vida misma, con sus vaivenes de mar y sus tormentas interiores. Nada hay de típico en su pluma (me recuerda, con sus diferencias, a la de Iñaki Echarte Vidarte por directa, por concatenante, por segura en su sencillez, por el uso de los paréntesis para remarcar la verdad poliédrica del amor y del sentimiento) y, sin embargo, todo lo que rima se nos hace cercano, como un susurro cerca del oído, como los restos de un beso o una caricia al corazón.

Me gusta el estilo Sémper. Me gusta que sea cotidiano sin ser prosaico, me gusta que sea directo pero a la vez sutil; me gusta que no se avergüence de enseñar su interior, o lo que su interior siente (¿no es lo mismo?), ni que se enorgullezca de ello; me gusta su poder evocador, su fuerza intrínseca, ese peso que le da a cada palabra y ese ritmo (sí, eso es poesía), esa danza que es un vals pero también un tango y también una caricia y una erupción y una nada que es la vida.Borja-Semper-para-Jot-Down-4

Para Borja Sémper, el poeta de las palabras y las imágenes, el mundo fluye en blanco y negro, y también en rojo sangre, en corazón bermellón. Sus fotos de San Sebastián, su nostalgia llena de bruma, su sonrisa libre junto a su pequeño, sus cigarrillos a medio fumar, su vida itinerante, se traduce en cada una de las páginas de Maldito (Des)Amor, y sabe que todos, todos, hemos pasados por alguno de esos estadios, por alguna de esas facetas cálidas y áridas de eso que llamamos Amor.

Los poemas que nunca se leerán están llenos de encuentros y desencuentros, de erupciones y de destrucción, de pasión, hedonismo, sutileza, sensibilidad, melancolía y calma. Los poemas que Borja Sémper nos permite leer lo están de puro corazón abierto, de pura alma desgarrada, de un sólido sentimiento que traspasa su experiencia personal haciéndose múltiple, transformándose en eco.

Su corazón habla, nuestro corazón retumba. Y eso, también, es poesía.

1743743_10205718141489730_4088342156394204969_n Después de dos jornadas de trabajo en Dublín, llegó el momento de ir al aeropuerto. Pedí un taxi en la dirección del hotel. A las cuatro de la mañana estaba ya en la puerta. El taxista me saludó con un movimiento de cabeza y me señaló la puerta. Subí (esta vez por le lado correcto del coche) y arrancamos.

No suelo dar conversaciones. Mi timidez me frena, pero también mi falta de descanso. A esa hora, menos. Y sin embargo, el caballero que me llevaba estaba dispuesto a una buena charla, o al menos a un largo monólogo.

Mi inglés, algo oxidado, necesita de un par de días para engrasarse y empezar a fluir con algo más de entendimiento, así que al menos estaba preparado para seguir, con frases cortas, la animada cháchara del taxista. Esto le dio alas, y me hizo sonreír.

Un hombre afable, pelirrojo, cerca de los sesenta años, taxista de toda la vida, comenzó su interrogatorio con las consabidas preguntas sobre destino, nacionalidad y, debido a mis respuestas, sobre el estado económico del país y sus paralelismos con Irlanda. Me comentó que sus hijos se habían tenido que ir uno a Estados Unidos y otro a Australia para escapar de la crisis de la que el país ya se estaba recuperando (y bien). Después entró en el tópico de la causa de mi visita a Dublín: trabajo. ¿Qué tipo de trabajo? Médico.

– ¡Oh!

La expresión, por lo demás muy popular en el mundo anglosajón, fue dicha con un deje de admiración que me alertó. No es que me parezca que ser médico sea algo fuera de lo común (conozco a muchos que lo son), pero aquí en España ni es algo importante ni desde luego, pese a la responsabilidad que tenemos, se nos valora de forma acorde a ella. Por eso llamó mi atención su reacción al saber a qué me dedico la vida.

Después de una perorata donde mezclaba sus teorías sobre la Medicina, su experiencia sanitaria y familiar al respecto, me dijo que admiraba mucho la labor que hacíamos, que no era  fácil llegar hasta donde yo había llegado y esas cosas. Yo sonreía. Hasta que mencionó a mis padres.

– Sus padres deben estar muy orgullosos de usted.

Durante unos segundos no supe responder. La urbanidad salió en mi defensa, sonreí y cabeceé afirmativamente. Le dije que sí y una sonrisa amplia surcó su rostro, con esa condescendencia que nos llena cuando sabemos que tenemos razón y se nos ratifica.

Al poco tiempo me dejó en el aeropuerto.

– Vaya por allá, que están los mostradores de British Airways. Y que tenga muy buen viaje.

Nos despedimos dándole las gracias y desapareció de mi vida para siempre dejándome, sin embargo, algo en lo que pensar a esas horas intolerables para el pensamiento razonado y razonable.

Mientras hacía la interminable cola para ser registrado y acceder a las puertas de embarque, me puse a pensar en lo que me había dicho el taxista.

¿Mis padres orgullosos de mí?

Nunca se me había ocurrido pensarlo.

¿Había trabajado tanto (para lograr tan poco) pensando en ello? ¿Todos esos años de esfuerzos, en los que sin duda me apoyaron quizá demasiado, significaban algo más que llegar a un fin (que nunca se alcanza por completo)?

No lo sé. No sé si he estado demasiado embebido en conseguir llegar al final de una carrera tan larga (que se ha llevado mi vida en ella), o a que ni se me había pasado por la cabeza valorar el impacto que mis esfuerzos pudiesen tener en otros, sobre todo en mis padres.

¿Estoy orgulloso de mí? No. ¿Deberían estar ellos a su vez de mí? ¿Y por qué?

Estando ya instalado en el avión de vuelta a casa, esa idea seguía instalada en mi cabeza.

¿Era para estar orgullosos? Por descontado he intentado que mi vida significase un mínimo impacto en las suyas, desde que tengo memoria he intentado adaptarme a las exigencias de sus vidas antes que de la mía, he intentado ofrecerles todo lo bueno que ha llegado a mi vida porque la mía es fruto de la suyas; he procurado darles los menores dolores de cabeza, las mínimas preocupaciones…

¿Eso era ser un buen hijo? Alcanzar una carrera, trabajar buenamente en ella, ¿era para estar orgullosos de mí? Ser médico, que para mí es algo tan banal que ni pienso en ello, ¿es causa suficiente para que mis padres se sintieran felices de una labor bien hecha?

No se me había ocurrido… Y sin embargo recordaba a mi padre, ingresado en la UCI, cuando hablaba con todos mis compañeros, tan resuelto y lenguaraz como era, sobre su via, su amor por nosotros, la emoción con la que empeñaba cada palabra, y mi madre sentada a su lado, interviniendo con emoción similar y asintiendo…

Estaban orgullosos de mí. Podría ser más alto o más guapo o ganar más dinero o ser más amable o más simpático o más empático o más discreto. Podría ser mucho mejor en todos los aspectos de mi vida. Pero así como era estaba más que bien, y era motivo de alegría y de un sereno orgullo que llenaba de alegría esas vidas que siempre he deseado fuesen tranquilas, bellas y perfectas.

El avión levantó sus alas y Dublín se fue haciendo cada vez más pequeña conforme surcaba el cielo.

Nunca me había parado a pensar en algo tan sencillo como eso. Jamás lo había esperado, y conscientemente nunca hice nada por alcanzarlo. He intentado ser la mejor persona que he podido, aprender de mis errores, darme cuenta de mis defectos e intentar mejorarlos, adaptarme a lo que la vida me ha ofrecido, y estar agradecido cada día de la hermosa familia que me ha sido dada y que cambia, como cambiamos todos, con el vaivén de los años.

No sé si es importante. No sé si buscamos en el fondo ese reconocimiento que no es más que hacer las cosas bien hechas, o lo mejor que podamos. Pero el señor taxista me dio una lección esa madrugada que yo no había pedido y en la que nunca había reparado.

Mi calidad laboral es terrible, mi propia vida es un pequeño caos. Eso es para preocuparse. Pero en realidad su importancia es mínima: son circunstanciales, destinas a cambiar, a desaparecer, a mutar. Pero recordar esas sonrisas, esas miradas, ese sutil sentimiento de labor bien hecha, de bien alcanzado y pleno…

He hecho siempre todo lo que he podido por devolver al menos una mínima parte de lo que la vida, tan generosa, me ha regalado. Y ellos eran el mayor motivo, y siguen siéndolo.

Creo que están orgullosos de mí. Yo lo estoy de ellos. Y eso es lo que, al final, cuenta.

  MV5BMjIzNzAxNjY1Nl5BMl5BanBnXkFtZTgwMDg4ODQxMzE@._V1_SX214_AL_ Still Alice es una película sobre la Demencia. Sobre los efectos personales y familiares; sobre los afectos personales y familiares; sobre las consecuencias de la Enfermedad, el abismo y la soledad.

Es una película de Julianne Moore. Y los creadores de la misma lo saben. Así que la seguimos en todo el metraje (como siempre, quizá un poco excesivo), conocemos cuándo comienzan los primeros síntomas, sentimos cuándo la preocupación la atenaza, cuándo la llena de ira y de impotencia y asistimos, asintiendo, a ese mensaje que le deja a la Alice futura: las instrucciones que debe seguir en un momento determinado.

Alice es una mujer triunfadora, esposa y madre. En realidad, es toda la película. Ella lo llena todo, lo absorbe todo, tanto, que consigue que seamos ella misma con el paso de los minutos. Hay una familia: un marido que no soporta la decrepitud; unos hijos que no saben qué hacer; el enfrentamiento generacional que consigue superar las barreras artificiales que creamos, y en esa regresión, asistimos a una forma ausente de libertad, la única posible y la última también, en el que la madre se convierte en hijo, y en algo más.

Still Alice es una película sobre la Enfermedad. Sobre lo que nos altera, sobre lo que nos obliga, sobre lo que nos afecta en primera y en tercera persona: laboral, familiar, personal, todo se vive primero como una lucha, después como una resignación y finalmente como una pérdida. Ese momento en que nos damos cuenta que ya no hay vuelta atrás y que lo único que nos queda es aceptar la realidad.

Alice lo vive, lo vivimos en los ojos, en la actitud, en el miedo, en la rabia, en la resignación de Julianne Moore, que no necesita más que su mirada, su voz quebrada, su actitud para transmitir ese torrente de sensaciones únicas: asombro, rechazo, duelo, comprensión (ese momento brillante en el que nos habla desde un estrado, sabiendo que será la última vez que lo hará nunca) y finalmente abandono.

Porque llega un momento en que la Enfermedad lo es todo, y sólo desea de nosotros aceptación y abandono.

No es una película de enfermedades, ni siquiera de los ecos familiares o laborales que nos depara. Es la historia de una mujer diagnosticada de Demencia, a la que seguimos en el proceso de pérdida de facultades hasta ese instante en el que, incluso emitir sonidos, le cuesta un mundo, porque lo ha olvidado.

Y deja huella. Alice es una parte de nosotros, que vivimos en las mareas continuas del Recuerdo… Qué duro es perder lo que somos: la identidad, la integridad, la independencia. Pero Alice siempre será Alice, como nosotros siempre seremos nosotros. Mientras exista alguien que nos recuerde, mientras siga vibrando la nota de la vida en nuestras arterias, mientras haya algo más allá de la muerte y nos garantice un pedacito de Eternidad.

tumblr_n4esiz06Hs1qcyxeuo1_500Guapo. Eso es lo que pensé cuando entraste en la habitación llena de gente.

Se fumaba. En aquel tiempo fumábamos en los locales, los pisos, en las aceras. Y era normal. Pero ver tu cara entre la bruma gris, pegado yo al balcón abierto para respirar y quedar sin aliento. Una revolución que calló todo el ruido alrededor cuando nos encontramos con la mirada.

Guapo. Todo el mundo lo pensó. Y más de uno intentó alcanzarte con algo más que una intención. Pero tú sellaste tu mirada con la mía, y mi piel de arena casi se deshace cuando me diste la mano y pronunciaste tu nombre. Que nunca he olvidado.

Siempre tú. Desde esa noche, cuando bailamos casi sin palabras. El tacto de tu piel, el lento roce de ese calor que emanaba de tu pecho; el color blanco de la camisa un poco ajustada, ese susurro juguetón de pecho y pezones y brazos. Y esa sonrisa que borraba todo pensamiento racional de mi cabeza loca.

Me pareció estar en una noria. Tu voz lenta, tu caricia sin fin. Ese pelo rizado y esos ojos de miel. Y ese cuello único, que emergía de un tronco de mármol. Deseé labrar con mis besos cada uno de los surcos de tu cuerpo. Me pegaba a ti, hasta intercambiar el sudor suave de un piso cerrado y lleno de cigarrillos.

A veces una copa, a veces el roce de un dedo en la mejilla. Y enrojecía y decía una sarta de tonterías. Y tú reías como si nada, y me tocabas el cuello y el brazo y la pierna al bailar. Y me susurrabas cuentos asombrosos, frases incitadoras, un futuro de tan increíble que ha durado veinte años.

Guapo.

Siempre tú.

Veinte años después la luz de la mañana ilumina tu rostro. El pelo revuelto y lleno de reflejos plateados, la sonrisa de niño pequeño, esa pequeña barba que me hace gracia. Y ese cuello hermoso que nace de tu pecho de alabastro, más blanco por la luz de la mañana. Y una desnudez divina que sigue, como aquella noche, sonrojándome, asombrándome, liberándome y haciéndome único. Porque estás aquí, junto a mí.

Ya no somos los mismos. Pero, guapo mío, yo te sigo viendo como la primera vez. El abrazo firme, el beso perfecto: los labios refrescados por la saliva y el deseo, y la búsqueda tranquila que une más que separa, que fortalece más que desgasta.

Guapo.

Siempre tú. Y siempre juntos.

Siempre tú. Y siempre conmigo. A mi lado.

¡Qué felicidad!

tt >Al

   a Graciano Fernández García.

   10520411_999623860063353_1015158019_nTengo un amigo, un colega psiquiatra, brillante en si mismo, y por ende en su profesión, que nos mostraba alborozado y lleno de gratitud, una carta de agradecimiento que un paciente le enviaba.

   Esa carta, maravillosamente escrita, lo era más por los sentimientos desnudos que mostraba, por la simpleza de su causa, por la sencillez con la que daba las gracias hacia la labor médica de mi amigo.

   Yo estoy plenamente de acuerdo con cada línea de esa dedicatoria, que él tan orgulloso y con la misma sencillez que le caracteriza cuando sobre de sí mismo habla, mostraba a todo el mundo. Y se lo dije. Y sé que le gustó, aunque sintió la necesidad de justificar su acto (como nos ocurre a todos). Lo entendí, lo entiendo, pero en realidad no tenía razón alguna de hacerlo, porque mi comprensión iba mucho más allá de lo que en un primer momento parecía mostrar: su alegría por verse reconocido en donde más nos importa (los pacientes), el sentimiento del paciente que lo lleva a un gesto de tanta dulzura y desnudez y que no es más que mero agradecimiento, la generosidad reverberada que nace en el corazón de alguien que ha recibido más de lo que cree merecer, que tiene su raíz en el acto de Curar, de volver a ser quien una vez se fue.

   Qué difícil, en nuestro tiempo, nos resuelta dar las gracias. Algo que debería brotar espontáneo, lo acallamos como un defecto, como una falta. Y no. Dar las gracias es el acto más generoso, más hermoso que podemos entregar a los demás y a nosotros mismos. Porque reconocer la necesidad de ayuda, la necesidad de curación, la necesidad de cambiar implica una revolución de todas las leyes internas que nos gobiernan, un renacimiento nada fácil pero liberador, que nos hincha el pecho y nos llega a la boca llenos de alegría. Dar las gracias debería ser un acto simple, fácil, real. Y más en Medicina, porque nada es más importante que la Salud; y más al personal sanitario, que vive en una mezcla continua de sentimientos propios y ajenos, y en el que prevalece, por encima de las necesidades diarias, la prioridad de ayudar, de Curar.

   Porque nos curamos a nosotros mismos ayudando a los demás. Porque somos más nosotros cuando brindamos nuestra comprensión y nuestras manos, nuestro tiempo y nuestra sensibilidad a quien necesita un hombro en el que apoyarse, un refugio donde cobijarse, un arma para salir de la encrucijada donde la vida nos pone mil veces sin cansancio por su parte.

   En contra de lo que pudiera parecer, dar las gracias, agradecer la ayuda prestada, me cuesta mucho menos que aceptar las gracias de los demás. Hay en esta incapacidad más timidez que otra cosa, y un sentimiento de asombro ante lo que a mí me parece obvio: estoy haciendo lo que quiero hacer, estoy haciendo lo que puedo hacer, que es ayudar. Y se me escapa, en la vorágine del día a día, que eso es un milagro, y como convivo con él, le pierdo su peso, olvido su importancia, lo hago normal, lo transformo en diario y, por lo mismo, en poco evidente.

   La lección enorme que el Dr. Graciano Fernández García, psiquiatra de alto nivel y de límites personales casi inalcanzables dentro de su gran humanidad, ha conseguido con ese gesto ha sido reveladora. Es bonito, es bonito sentirnos reconocidos, pero es aún más hermoso recibir ese gesto con el asombro de un niño pequeño y la alegría infinita de saber que nuestro trabajo tiene un eco en el universo, y que perdurará en la vida de las personas que se han sentido desbordadas por la gratitud y la alegría y quieren compartirla, como el sentimiento real que es, con todos aquellos que lo deseen.

   Yo también tengo mucho que agradecer. La vida me ha puesto en muchas posiciones distintas, ninguna fácil, que me han regalado infinidad de lecciones, que me han hecho crecer. Y se lo debo a todas y a cada una de las personas que me han ayudado, desde el desinterés más generoso, a alcanzar cada día como un milagro, a veces más alegre que otro, pero siempre un regalo, siempre una lección.

   Graciano Fernández García es una de esas personas que llenan de luz mi vida diaria. Desde la distancia y desde ese pensamiento claro y sencillo, directo y libre de egos inútiles, consigue que nos encontremos en posiciones comunes, en estados de plena desnudez emocional que me permiten crecer y creer y esperar siempre lo mejor de los hombres y de la sociedad a veces absurda en la que vivimos.

   El arte de agradecer nos engrandece. El arte de ser agradecido nos libera. Me gusta pensar que él es, dentro de las limitaciones humanas, un hombre que está en la senda correcta, que siente cada día que pasa el batir de las alas de la libertad. Y el revuelo que forma con ellas me hace ascender poco a poco hacia mi propia alegría, hacia mi única libertad.

   El mundo necesita hombres como él. Que aprenden de la vida y que saben agradecer cada uno de los pequeños milagros de los que consta. Que reflejan la grandeza de lo posible y la alegre sencillez de su descubrimiento.

   10518983_10205279985496104_7204311410038335100_nEstos días estuve en una estación de esquí. Nunca había ido a una. Así que ha sido mi primera toma de contacto. Y como toda toma de contacto, ha sido directamente con el suelo.

   Creo que no hice la pista completa ninguna vez. No: la hice entera, a trozos, dos veces sin darme contra el suelo. Claro que lo conseguí tras veinte intentos y otras tantas caídas más en los aparatos que transportan a los esquiadores.

   Menos mal que era día de semana. Imagino un fin de semana o un día festivo, la pista llena y todos varados por el lerdo tirado, cuan largo y pesado es, en medio de la pista, estorbando el paso.

   Fue un dia duro. Físicamente por descontado. Pero personalmente también. Verme caer una y otra vez, ver cuán difícil me resultaba ponerme de pie (demasiado alto, demasiado pesado, demasiado fuera de forma, demasiado torpe, demasiado considerada la ayuda ajena, que dejaba de disfrutar del esquí por levantarme de la pista helada), sentirme tan indefenso, pudo con mi ego, destrozó mis nervios, hizo que el miedo que ya tenía a estamparme contra todo se multiplicase por mil.

   Y aunque salí considerablemente magullado, con varios cardenales dignos de un estudio cartográfico y dolorido hasta en zonas que desconocía que tenía, no me he roto nada, ni un esguince, ni una herida de importancia. Salvo en mi corazón. Pero ése es un jardín que sólo puedo ver yo.

   Fue un día especial. Una compañía única, llevando años sin hacer un travesía juntos, y que extrañaba, extrañaba tanto que ya ni recordaba lo que dolía su ausencia en mi vida, y su atenta mirada y su siempre disposición para echarme una mano y levantarme.

   Hay algo más difícil en la vida que caer. Y es levantarse. Porque no somos capaces de hacerlo por nosotros mismos. Porque necesitamos la ayuda, la buena voluntad, la entrega de otros que deseen hacerlo. Hay algo más difícil en la vida que caer. Y es levantarse una y otra vez, vivir con las magulladuras y las heridas que van quedando, y volver a empezar.

   Hacia el mediodía yo estaba petrificado. Perdí la cuenta de cuántas veces había acabado en el suelo helado. Pero el cuerpo me dolía hasta al pensar, así que seguro que habían sido muchas. Yo no quería saber nada más. Deseaba un asiento cómodo, el calor de un hogar encendido, un colacao caliente, y disfrutar desde el ventanal lo bien que mi amigo el intrépido bajaba por pistas que, me confesó, le quedaban un poco pequeñas.

   Pero él no me dejó. Se las arregló para buscarme un instructor, tan atento como él, e insistió tanto en que volviese a la pista y disfrutase del esquí, es decir de caerme como un saco informe, una vez más.

   Yo quería renunciar, llorar, salir corriendo de allí. Pero ya sólo montarme en el telesilla me daba vértigo, y con una tormenta por llegar ni modo que bajase esa cordillera andando con unas botas rígidas, que nos hacen caminar como patos mareados, y cargados con unos esquíes pesados sobre un hombro magullado.

   Él no dejó que me dejase vencer. Se irguió delante de mí, me levantó con esa fuerza que le es tan característica y, como había hecho toda esa mañana, literalmente me llevó en volandas de nuevo a la pista. Y me dejó en manos del instructor que se armó de paciencia ante mi aterradora mirada y mis dos piernas izquierdas.

   Mientras él bajaba una y otra vez las pistas haciendo piruetas de niño juguetón, yo me caí en el aparato de transporte, quedaba atascado en la nieve que se amontonaba, se me congelaba el moquillo en la nariz y me sentí morir de ahogo y de nervios.

   Pero consiguió que bajase dos veces enteras, sin caerme ni una sola vez, la pista de aprendizaje, al terminar el día.

   Él quería que yo quisiese. Él deseaba que yo pudiese. Él siempre me ha metido en líos semejantes. Porque sabe que lo quiero.

   Él siempre me ha liado para hacer cosas que nunca he hecho. Él siempre me alienta a seguir adelante. Él es una persona valiente. Y siempre ha querido que yo lo sea.

   Por eso me ayudó a levantarme una y otra vez, cien veces, mil veces, aquella mañana en la pista de esquí. Y no cejó hasta que consiguiese hacer un circuito completo sin equivocarme… E incluso dos.

   Caer es muy difícil. Es decepcionante, es vergonzante, es duro. Es duro. Pero es necesario. para saber de qué estamos hechos y cuáles son nuestros límites. Y aprender a superarlos.

   No es fácil. Tampoco lo es la vida. Y da vértigo, como a mí me dan las alturas y la falta de seguridad y la velocidad y la desorganización. Pero así es la vida.

   El arte de caer muchas veces es el arte de enseñar a vivir. Suerte de tener maestros cerca que nunca dejan de creer en nosotros, ni cejan en su empeño por mejorarnos, por mostrarnos la mejor versión de nosotros mismos que nosotros mismos nos negamos (por modestia, por ignorancia, por miedo) a ver.

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