485259_388629887834858_463158060_nSilencio.

Oigo un susurro rítmico, respiración algo agitada. Y labios que se humedecen. La saliva refresca mi boca reseca. Cada una de sus grietas, cada cosquilleo casi imperceptible de mi lengua sobre ellos.

Ojos.

Siento la luz que escapa de la lámpara. Un rayo atenuado me hiere las pupilas, que se contraen de repente con un chasquido. Y parpadeo. Y dejo de ver por un instante la sombra que me acompaña, el bulto forme que dirige cada uno de sus movimientos hacia mí.

Un principio.

Tiendo mis brazos para alcanzar su espalda. Y noto cada uno de los músculos tensarse y relajarse,  extender cada una de sus fibras, llenarse de esfuerzo para después descansar, intranquilas, en la piel achispada y suave.

Hay pequeños chispazos de electricidad entre mis dedos y su piel, algo húmeda por el sudor. Siento cómo me baña cada uno de los dedos, como penetro en su interior, el agua caliente de la transpiración, la perspicacia de la carne, ese juego escurridizo y viscoso de los humores del cuerpo.

Todo en mí se haya en alerta, como un secreto abierto. Cada poro, cada cabello; mis orejas sonrosadas y mis pies algo fríos, que froto una y mil veces, retorcidos por el secreto placer de la compañía y también de la soledad. La mía.

Y mis dedos recorren cada parcela de su cara. Se detienen en las cejas, dibujándolas.  Y en la punta de la nariz, graciosa como una broma a dos. También en el mentón delicado, y en ese cuello interminable.

Los sentidos como abanicos desplegados, llenos de electricidad y de certeza y de un calor frío. Procuro no parar un deseo que parece desbordarse de mí, latiendo desaforado y nublándome el pensamiento. Intento que el sentido no se deshaga en sentidos, y que toda conciencia deje de serlo al hundirme más y más en las caricias que le dan mis manos, en la presión de mi torso sobre le suyo, en la maraña de mis piernas y las suyas. Pero me cuesta.

Todo en mí está encendido. Me veo fulgurar como una hoguera, como un planeta. Y la tierra y el mar están aquí, a diez centímetros de mí, con la respiración agitada, llena de vaho que humedece mi rostro.

Calor.

La habitación está llena de humedad. Nuestro sudor se mezcla como se entrelazan los besos. Hundo mi cabeza en su pecho y el cosquilleo de cada cabello me produce risa. Y me río, me río con la boca abierta y las intenciones desnudas, como la penumbra que nos acompaña y la noche que llena la ventana. Y la felicidad que se engancha en cada abrazo y en cada beso.

Todo en mí es un descubrimiento. Siento que tiemblo y cada uno de mis músculos es un espasmo que busca perpetrar esa excitación, ese momento infinito donde todo es posible: la belleza, la urgencia, el placer, el abandono, la soledad y el silencio.

Todo en mí es un principio, una novedad. Su cuerpo es. El mío respira. Y la espalda se encorva para recibir aplausos y el cuello se humilla ante la vida. La que nos damos estando juntos, muy juntos, casi sin hablarnos; la que sentimos lejos, en otros cuerpos, en otros momentos de efímera ilusión.

Silencio.

Gemidos a veces que escapan mudos de mi garganta. Cierro los ojos y siento el maremoto de mis sentidos expuestos, todos y cada uno, desnudos, liberados, ajenos a todo lo que no sea su propio deseo, su único placer.

Y no me preocupa nada: ni el alquiler, ni la comida, ni lo que me pondré mañana. Sólo quiero estar así en pura perpetuidad. Desnudo de inhibiciones, lleno de anhelos y de apremios, sediento de besos y caricias y dedos y sentires. Y de deseos de perfección, de belleza, de penumbra y oscuridad y pura luz. La suya.

Todo en mí está aquí, ahora resoplando, ahora dormitando. La lámpara apagada, las cortinas descorridas, la ventana abierta, la noche asomada, las nubes desplegadas, la luna tímida.

Un principio de entera libertad.

11888523_10206989909443134_206505387227473306_oCama 15.

Tras una reacción alérgica grave, que lo metió en shock anafiláctico y que le causó un paro cardíaco (reconocido y tratado a tiempo por parte de nuestro equipo de UCI) y una resucitación cardiopulmonar intachable, el paciente se encontraba ya despierto (no daño cerebral secundario a la parada) con la tensión todavía inestable por la reacción alérgica pero con visos de mejorar pronto, me tocaba al estar de guardia, seguir con el tratamiento y, a poder ser, terminar el proceso de desconexión del respirador y retirada de la medicación.

En la guardia, demasiado trabajosa para una sola persona (algo que no entienden los que dicen saber de dirección hospitalaria pero nada de atención a los pacientes) el proceso se enllenteció un poco: el paciente orinaba cada vez menos y, en esas circunstancias, preferí esperar y ver hacia dónde se dirigía la evolución de su proceso.

Con el pasar de las horas, quedaba claro que el órgano más afectado en aquella revolución alérgica había sido el riñón. Ya lo tenía algo alterado previo al evento, con lo que la agresión empeoró más lo que ya estaba algo dañado. Con todo, tuve que colocarle una máquina que, para mí, es milagrosa: nos ayuda mucho a la hora de tratar a los pacientes más graves. Empezamos con la diálisis continua, que permite que los riñones descansen y se recuperen, suplantando su función de una forma asombrosa.

Así se lo expliqué a la familia. Todo en sí es un caos en el momento inmediato: una reacción alérgica, una parada cardíaca, el riesgo de que muchos órganos quedasen muy tocados, y ahora el riñón que no funcionaba.

– ¿No le funciona uno o ninguno?

Se nos olvida que, aunque hablemos en singular, cuando no funcionan los órganos dobles, los legos no lo perciben así y preguntan, con todo el sentido común, si siendo dos, alguno de ellos funcionaría.

Corregí mi error y les dije que si alguna funcionase, lo haría por los dos, y no tendría la necesidad de la máquina de diálisis.

– ¿Por cuánto tiempo la tendría? ¿Será definitivo?

Hablábamos de un hombre ya mayor, con una serie de problemas, todos de importancia mediana, sumándole uno de importancia capital, como es el quedarse sin función renal.

– No lo sabemos todavía.

Mucha gente tuerce el gesto ante esta declaración de máxima veracidad. No lo sabemos no significa que no ocurra lo que esperamos, sólo que nos es difícil visualizar cuánto de daño ha habido en un órgano y si éste es lo bastante profundo para que su función se vea dañada para siempre. Resistí esa expresión tantas veces vista, e intenté sonreír.

– Hay que dejar descansar a los riñones unas dos o tres semanas. En ese tiempo, si el daño ha sido poco importante, volverán a funcionar, siempre con un daño determinado, pero se libraría de estar unido a una máquina de diálisis durante tres veces a la semana. Sólo nos queda esperar y ver, pero sobre todo que se recupere de este susto.

Me gusta llevar a los familiares al momento presente, al instante real en el que estamos. Si la Medicina fuese una ciencia exacta y no un mar de probabilidades (como toda ciencia muy cercana al hombre) sería fácil explicar respuesta futuras y, por sobre todo, no equivocarse. A veces empleo la imagen de la bola de cristal. Si pudiera ver el futuro, créanme que no estaría alas cuatro de la mañana hablando de la posible lesión renal de un enfermo: estaría en Aruba tostándome al sol. Generalmente los familiares comprenden el tono de broma seria que empleo, y podemos salvar el escollo sin muchos problemas secundarios.

El enfermo de la cama 15 despertó bien, con el uso de la máquina de diálisis continua se aseguró una buena evolución, y se pudo entubar, retirar el respirador y comenzar los estudios posteriores que determinarían la causa de la respuesta alérgica de su cuerpo. Pero el riñón no mejoraba. Tras dos días, estando ya físicamente bien, intentamos recuperar su función propia con la infusión de diuréticos por vena, pero no hubo respuesta. Ante la situación, llamamos a los compañeros de Nefrología, para incluirlo al menos momentáneamente en el programa de diálisis intermitente.

Cuando llegaron a su cama para explicarle el proceso y el momento todavía delicado que tenían sus riñones, el enfermo se les quedó mirando fijamente. Esperó sin impacientarse a que terminara la larga perorata de términos médicos, la exposición de una situación real que lo ataría a una máquina tres veces por semana para limpiar la sangre que sus riñones no podrían hacer.

Recuerdo su mirada esperanzada durante el discurso del galeno. Asentía a veces, otras veces abrir la boca con la intención de decir algo, pero moría el esfuerzo ante las explicaciones pertinentes. Y los ojos le brillaban. Tenían esa expresión entre esperanzada y comprensiva que muchos enfermos tienen ante nuestras explicaciones, ante los problemas que les atañen a ellos, muy distinta de la del familiar, cuya actitud es diametralmente opuesta, casi siempre más sombría y temerosa.

Sus ojos me recordaron a los de mi padre cada vez que se enfrentaba a un nuevo giro con la Enfermedad.

Cuando el neurólogo cesó sus explicaciones, el enfermo se aclaró la voz y sin apartar la vista de su interlocutor, dijo:

– Sólo tengo dos preguntas: ¿Son los dos riñones o uno? ¿Y cuándo sabremos que es definitivo?

El nefrólogo sonrió ante la pregunta de siempre e intentó explicarle el período de prueba, digamos, al que se someterían sus riñones, y la posibilidad de que no salieran con bien de esto.

No dijo nada más. Siguió cada una de las explicaciones con ese espíritu único que he visto en poca gente y que mi padre tenía a borbotones. Ese espíritu que sólo se ve en en la mirada: sus ojos de esperanza lo decían todo.

Entendió, o hizo como si lo entendiese. El nefrólogo se despidió y quedamos los dos solos. Entró la enfermera, siempre amables y atentas en nuestra UCI, anunciándole la llegada d ella comida.

Él se frotó las manos. Y me miró. Y sonrió. Y me dijo:

– Queda esperar.

Cabeceé sonriendo.

– Sï.

– Bueno -terminó diciendo- por lo pronto, tengo hambre. A ver qué nos dan de comer.

Y me alejé de su cama, para que pudiera disfrutar de la magra porción de alimentos que le tocaba. Y pensé en mi padre, bajo circunstancias similares, y sonreí.

Una forma más de tenerlo siempre cerca.

11402777_10153433259622235_6138408385937985802_oConocer a Graciano Fernández García, psiquiatra asturiano, ha sido una de las mejores sorpresas de mi vida. Es de esas personas que aparecen haber estado siempre allí, porque están siempre allí. La palabra justa, el gesto más adecuado, el apoyo más incondicional.

Es elegante, con ese estilo suave y fácil y único que pocas veces se ve. Es pura bonhomía. Su voz profunda, sus manos de gestos serenos, su gusto por el detalle y la puntualidad, y esa risa de quien viene de vuelta de muchas cosas, comprensiva sin embargo y acogedora. Es capaz, con una dulzura firme, hacer de simples instantes momentos especiales, y de sorprender con gestos grandiosos e inesperados, que nos quitan las palabras y nos llenan de asombro.

Graciano Fernández García forma parte de esa red que se hace real por pura magia. Es encantador, brillante, perfeccionista, flexible, a veces equilibrista, y siempre constante. Incondicional.

Tiene la cordura justa, y la locura adecuada, que lo llenan de equilibrio. Una familia maravillosa completa una ecuación repleta de esas imperfecciones y conjeturas que hacen la vida alegre, digna de vivirse.

Graciano es un hombre todo corazón y que se ríe, porque ahora sabe, porque ahora conoce de qué va esto que llamamos vida que se vive.

Y aunque la Vida nos pone en cientos de vericuetos que nos tensan los nervios, Graciano sortea las aguas turbulentas con la misma serenidad con la que disfruta de los momentos de alegría y de sol. Y esa sonrisa y ese sentido común, tan aplastante y firme, hacen que tenerlo cerca sea siempre una aventura de conocimiento, educación y de divertimento sin par.

Y hoy está de cumpleaños. Llega a una de esas edades redondas, rotundas, que nos ponen a prueba, que nos ayudan a alcanzar la grandeza inherente que cada uno de nosotros esconde en su interior. Él ya es dueño de esa grandeza, que se ve en su mirada, que se esconde en todos sus gestos, y sobre todo, en ese ansia oculta de ser siempre mejor, que lo hace único, especial. Lleno de bonhomía.

Feliz cumpleaños, querido y admirado Graciano. Que tengas una vida llena de paz y de salud, pero por sobre todo, de lo mejor de ti mismo.

victorEl segundo que cambió mi vida es el libro autobiográfico de Víctor Tasende. En esta pequeña joya de superación personal, el autor nos adentra en el mundo de la tetraplejia (que sufrió a los diecisiete años tras un accidente en una piscina), en la inmensa suerte (que la tuvo) de recuperar la oportunidad de su vida, y en la inmensa inteligencia emocional, labrada a golpe de esfuerzo diario, que ha desarrollado con ello.

Víctor Tasende es un chico genial. Y es un genio. Genio de la superación o, mejor, de la afirmación que lo mejor que los hombres tienen es ser ellos mismos. Todo está en nosotros, sólo que tenemos que trabajar, labrar para encontrarlo. Y para desarrollarlo. Y para disfrutar con ello y por ello.

El segundo que cambió mi vida podría estar mejor escrito, desde un punto enteramente literario. Pero eso no le resta mérito, antes bien, exacerba el tesoro que seduce y conmueve. Su vida es un ejemplo, sí, pero es su vida. Sus esfuerzos desde la operación, la larga rehabilitación, sus estructuras mentales, sus caídas y sus triunfos, no nos sabrían mejor si una pluma le ayudase a redactarlos. Porque la veracidad también es belleza, y belleza es lo que le sobra a este hombre de veintitantos años que sabe lo que es sufrir, caer y levantarse no una vez, si no mil veces.

Es desde luego un maestro continuo para mí.victor-63

Acostumbrado como estoy a manejarme en situaciones extremas para otros, Víctor lo es porque las ha padecido y las ha incluido en su ser y su espíritu y ha permitido que esa amalgama transmute en fuerza, en energía y en luz que todo lo rodea. Él hace capaz ese sueño que albergamos todos de ser la mejor versión de sí mismo y no asombrarse con ello o, aún mejor que mejor, alegrarse con ello y vivirlo como un hecho más.

Esa sencillez ante lo absoluto es lo que hace de Víctor Tasende un ejemplo. Como hombre, como individuo, como estructura social. Pero sobre todo como compañero, como atleta (en su caso) y como comunicador, que se enrolla sobre sí mismo brindado el mensaje más clarividente posible y el más sencillo: somos todos potencialmente mejores de lo que nos permitimos ser. Ha vencido el miedo (¿y cómo no hacerlo?, ha vencido las ganas brutales de decir: No. Su vida es una afirmación constante y una prueba, pero sobre todo el disfrute de un camino y una eterna sonrisa.

El segundo que cambió mi vida habla al corazón de cosas de la vida y de la vida de todos, de la que Víctor Tasende es uno de los espejos más relucientes y sencillos que podemos encontrar en nuestro día a día.

11850411_681805521954173_1438755291_nCuando aparece, el ideal llega. Todo es perfecto: la sonrisa de dientes apiñados, los ojos pequeños, el hoyuelo del mentón.

Cuando aparece el corazón se alegra. Baila y se detiene y es como un vértigo sabroso que hace cosquillas en el pecho. Y corre el sentido hacia el vacío y se lanza sensible hasta el centro de una emoción perfecta.

Cuando aparece el único, el mundo se detiene. Y cuando pasa, el mundo gira otra vez. Y le seguimos con una fe desbordada, y a veces, siendo más que nunca nosotros, nos olvidamos de los límites de nuestro ser para alcanzar todos los suyos, para dominar las riendas de un alma pasajera.

Cuando llega, el donaire acampa; y el pelo canoso brilla con los haces lunares y hasta el pecho enorme silba sones de libertad. Hay cadenas que caen a nuestros pies y lazos que atan nuestros destinos. Cuando llega el dueño de nuestro corazón, desaparecen las preguntas y el universo cobra un sentido que nace con cada uno de sus suspiros. Y de los nuestros.

No hay preguntas, no hay dudas. Es un abrazo que nos congela y un fuego que nos abrasa. Cuando aparece todo pasa y todo vuelve a nacer.

No hay corazones rotos, no hay mentiras ni dolor. Cuando aparece el que buscamos nos sentimos hallados y es como una sorpresa el brillo que emana, y es un sueño el peso de su cuerpo a nuestro lado, y hasta su leve ronquido es música que no estorba, y el perfume de su piel el aliento de la vida.

Cuando aparece él, todo es perfecto: la soledad no es más que un mal pasajero, la pobreza un escollo que dejar atrás, la belleza un bien que se posee, y el amor, un tesoro encerrado en el corazón.

Cuando aparece él me quedo callado, y lo veo acercarse lento y tranquilo, con la sonrisa de dientes apiñados y la cara de niño travieso y ese hoyuelo en el mentón que se hace grande con cada palabra que dice. Y el mundo es un teatro de maravillas, y su abrazo el puerto inmenso donde mi nave atraca protegida de cualquier tormenta.

Su mirada es una infinitud.

Y cuando aparece, yo me hago eterno y ligero, como la espuma del mar.

   11378474_711591178967825_546907280_nLa casona abandonada. La parra arrancada de raíz le daba a aquel lugar un aspecto aún más triste. La techumbre del pajar casi derruido y los colores desvaídos de las paredes hacían pensar con cierta melancolía en tiempos idos, en una brillantez que ya era pasado.

   – Esta casa…Qué tiempos. Llena de gente que iba y venía. Las reuniones familiares; los sirvientes traídos de fuera, los caseros que cuidaban los campos… El tío José nadaba en la abundancia… Y mira ahora.

   – ¿El tío José? El padre de…

   – Sí, ell padre de Sofía y María. María, que se casaría después con Esteban de los de Abajo, y tuvieron a Carmen María, que murió tan pronto, y José María y Carlos, que mira cómo han dejado arruinar todo esto. Esteban era primo hermano de Marujita, que terminó casándose con el tío Alberto, por eso somos algo más familia. El tío José era hermano de mi abuela, es decir tu bisabuela, Dolores, cuya casa ha terminado siendo, mira tú, la mejor de la aldea. Y tu abuela, Dolores María, que se parecía mucho a su padre Casiano, hermano de Casilda de Tejeje, los padres de Amancio el pequeño, que acabó en Luou con María José la rubita. Ellos son los padres de Jacobo y Mariana, que en Santiago casó con Moncho el panadero, primo de tu bisabuelo Francisco, el padre de mi padre… Imagínate, los lazos de los Villafranca vienen de allí. Eran panaderos, se trajeron el oficio de Cuba creo, o de la Argentina, y unos cuantos pesos en oro. También el muro de la casa fue hecho con el oro de Cuba. Lo trajo mi bisabuelo Castor, que se hizo amigo de Francisco allá en Varadero, creo… Pues Moncho y Mariana se casaron, y cuando se enojaban, una iba para Tejeje y el otro para Villafranca y allí se enteraban todos, de un lado y otro de la familia. Jacobo se hizo cura y murió en un accidente, dicen que cayéndose de un carro de vacas, aunque no podría asegurarlo; porque otra versión dice que se fue a México a buscarse la vida y que se montó en el dólar además casándose con la heredera de otro emigrante… Espera, ahora que lo pienso, familia de Pepe de Orense, primos me parece; me lo dijeron una vez, en la primera comunión de Raquelita, tu ahijada. Los caseros del tío José eran medios hermanos de Jacinta, su mujer, que a la vez era sobrina de Mercedes del Afilador, que había emparentado con Luciano el cantero, que hacía maravillas, mira nuestra casa. Los pobres, tuvieron un hijo medio tonto que apenas sabía hablar; en realidad, creo que era sordo, pero para ellos fue una especie de peste. Y también tuvieron otro, Carlitos segundo, demasiado despierto, me temo. Engañó a unas cuantas del pueblo, así que hay algunos pelirrojos por ahí sueltos con la sangre de nuestra familia mezclada.

   – Vaya lío…

   – ¡Qué va! Los lazos están atados, bien atados, diría yo. Mira por dónde, al final, todos tenemos algo de familia: nuestra aldea y Tejeje y hasta en Santiago. Hay una rama más floreciente, como ocurre en casi todos los casos; los médicos, que no se hablan con nadie, salvo que deseen algo, y los catedráticos, que van con la nariz respingona, como si ahora serlo significase algo. Nosotros éramos de la aldea, los paletos. Y ya ves.

   – Así que la abuelita Anita…

   – La abuelita, tu bisabuela Anita, vino de Órdenes, se enamoró del abuelo Francisco cuando llegaron a la aldea. Sus parientes, los Regalado, fueron alcaldes del pueblo por años, hasta hace poco, en realidad. Y, ahora que lo pienso, por parte de su hermana Claudina, también tenemos algo de familia allí. Jacobo, antes de ser cura, o después, le hizo un hijo a una prima de Claudina, que reconoció, faltaría más, aunque apenas si ha venido por aquí. Recuerdo que era alto y buen mozo… Se llamaba Ignacio, me parece. También emigró, a Alemania o a Suiza, y anda por allí; ya me dirás a quién le apetece volver. La abuelita Anita era guapísima, delgada como un pajarito, y oye, tú tendrías unos tres o cuatro años y allí estaba ella, cogiéndote con todas sus fuerzas… La abuelita… Yo era más de Villafranca que de aquí, lo reconozco, y mira por dónde, pertenezco a todos los lados. Y ahora que lo pienso, me siento bien con eso…

   – Vaya lío…

   – Ay, chiquillo, los lazos de familia, por más atados que estén, siempre lo son…

IMG_6824En algún lugar podré sentarme y echar la vista atrás y seguramente asombrarme del tiempo que ha pasado.

Quince años desde que empecé a trabajar, primero como residente y después com adjunto de distintos grados laborales, en Medicina. Nada ha sido como lo había imaginado; el presente desde luego, y esa extraña nebulosas que es para todos lo que está por venir.

En todo este tiempo he sido aprendiz, a veces referencia, siempre sorprendido, familiar de enfermo y compañero. No espero haber estado siempre a la altura; cuando menos espero haberme disculpado a tiempo y aprender de los errores. De esos que nunca se olvidan. Porque nunca se olvidan.

Algún día me gustaría ver lo que ha sido mi vida y sentirme libre de este sentimiento de vacío y de inapetencia. En algún lugar de mi vida me gustaría darme cuenta que lo que he hecho ha valido la pena; que las noches sin dormir, los afanes; los malos momentos; la incomprensión, el acoso laboral; la denigración personal (por siempre breve, o tanto fugaz pues apenas me le di importancia alguna); los miedos, que los hay muchos; las torpezas; las intuiciones; los aciertos; las risas y el compañerismo hayan calado hondo y dejen en mí el gusto de lo vivido, el aroma de lo perfecto, el suave recuerdo de lo ido y nunca más necesitado.

En algún lugar quizá me dé cuenta que quince años de profesión son lo bastante para sentirme cansado, a veces triste y desanimado. Que es mucho tiempo para alguien que jamás se imaginó ejerciendo Medicina y que jamás pensó, ni en lo más recóndito, llegar a ocuparse de los pacientes más malitos de todo el sistema sanitario. Esa persona de dieciséis años que empezó un carrera por el prurito de saber cómo funcionaba la vida, quince años después de ejercerla, se ha dado cuenta del peso de la Vida y de la importancia de la Muerte; del pesado fardo de unos familiares que no entienden lo que ocurre; del miedo atenzante de un enfermo que pierde su dignidad de persona frente a la actuación sanitaria; del orgullo insano a veces d ella profesión y de sus frustrantes olvidos, un trabajo en equipo bien estructurado y las olvidadas gracias que casi nunca se dan, y cuanto menos se reciben.

Puede que en algún lugar de la vida me tenga tiempo para detenerme a pensar en todos los errores con los que he pavimentado ese camino. Errores de relación con mis colegas, con el resto del equipo sanitario y sobre todo y por encima de todo, con los pacientes y familiares. Echando la vista atrás parece que pesan más los momentos oscuros que los luminosos, y la tristeza que acarreo tiñe además de una melancolía difícil de definir. A veces sin ganas de luchar y a veces cediendo casi involuntariamente para mantener un silencio que en ocasiones es un voto sordo de apoyo y otras un símbolo de dejadez. Y el miedo constante a no sobrevivir a la pena, a la situación laboral, al estado de precariedad económica y finalmente a las responsabilidades familiares que se suman a las laborales, impuestas en el flujo continuo de la vida.

Quizá algún día llegue el momento de recordar las risas de madrugadas, los colacaos hirviendo o los trozos de bizcochos; las pequeñas fiestas gastronómicas con empanadas y embutidos a las cuatro de la mañana; así como las prisas, las actividades frenéticas, la labor constante por alcanzar Vida allá donde la Enfermedad ha hecho mella. Las discusiones vacías de generaciones que temen adquirir la responsabilidad que a veces me sobrepasa; y al alegría siempre única de encontrar, en la niebla de la madrugada, el equipo siempre listo, la sonrisa de un amigo, la labor siempre bien hecha de todos los integrantes de la UCI.

EN algún lugar pueda que vea esto como una de las mejores experiencias de mi vida, única e irrepetible. Pero por ahora no es el momento. Y espero que no necesite otros quince más para liberarme de este maremoto de sentimientos encontrados, de este sinsabor continuo, y consiga depurar ese espíritu juguetón, permeable a todo lo que pudiese aprender, con los ojos bien abiertos para no perder detalle, y esa necesidad, casi sagrada, de entregarse al bien de los demás, incluso olvidando las fronteras de la propia individualidad.

En algún lugar encontraré una nueva forma de vivir dejando todo esto atrás, y con todo, la suma de un individuo en un universo tambaleante, que desea un mundo mejor que le esta vedado, al menos por ahora, y que sólo le queda seguir buscando la ganga del día a día, y la esperanza infinita de ser cada día un poquito mejor.

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