914746_821277674590639_1486761854_nEl sábado estuve de guardia. Una más, una menos para la lejana jubilación. A veces pensamos así salientes del turno; entre la marabunta del día a día, que nos llega por todos los lados y cada vez de forma más íntima, la dificultad de filtrar, de limpiar las sensaciones que nos provoca tal avalancha de información no siempre correcta y no siempre servida de forma limpia y aséptica (vale, nunca servidas de esa forma en la que debería ser para que tengamos la capacidad de depurar por nosotros mismos lo que debe ser real y lo que es una burda manipulación mediática), estar de servicio 24 horas seguidas no deja de ser una montaña rusa de instantes y sensaciones que llegan a embotar los sentidos y, a veces, relajar la sensibilidad a todo aquello que nos sea por completo ajeno.

Todo trabajo tiene su claridad y sus sombras, por lo demás causadas siempre por la interacción entre las personas y sazonada por las distintas energías que se mezclan en esas relaciones intensas y breves,  y que cambian conforme las horas pasan. No es fácil mantener cierto grado de desafección o de implicación o de actividad o de pasotismo a lo largo de una jornada en la que nos enfrentamos a las miserias humanas, a los miedos humanos y también a las alegrías, al agradecimiento y, quizá menos veces de lo que sería justo, a la compasión y al entendimiento humano.

El sábado tenía un caso grave. Un chavalillo, un hombre de veinte años, con un cuadro clínico muy raro, no poco frecuente si no raro, de origen oscuro porque lo ignoramos todavía. Ojos grandes y castaños, brillantes a pesar de la fiebre y el cansancio; lleno de miedo y de esperanza, que sonreía cada vez que aparecía para revisar su estado. Aquejado de dolor aunque más bien molestias en una pierna, y siempre acompañado por su madre. Por su edad, por lo difícil de su estado, y por sencilla humanidad, decidimos dejarlo acompañado en todo momento por miembros de su familia. Creo que las reglas están para ser adaptadas a la realidad de cada caso más que para definir todos los casos que requieren ingreso en UCI. La excepción a la regla, digamos. Y ésta era una de esas excepciones.

Casi con toda seguridad, vista la evolución rápida de su enfermedad y su ingrato final, mi compañero que salía de guardia y yo estábamos de acuerdo en qué tipo de dolencia le aquejaba: una enfermedad genética, a veces heredada (no era el caso) que desemboca irremediablemente en la muerte. Aquel niño de veinte años moriría en poco tiempo. Y había que explicarles a la familia esta posibilidad que asemejaba ser la única tras todos los estudios a los cuales se había sometido su caso.

Yo resoplé. Me tocaba a mí ser portador de esa noticia, de esa más que posible fatalidad. Ese niño, con la sonrisa entregada, era una bomba de relojería que podía estallar en cualquier momento. Podía ser durante mi guardia o la siguiente, o en unos días más… Y me tocaba a mí ser el portador de esas novedades, el que tenía que explicar a unos padres (¿eso se puede explicar?) que su hijo único moriría en poco tiempo, que no tenía cura una enfermedad que aún no teníamos claro que tuviese (que seguramente tiene, la verdad) y que es una jugada del Destino, de la Genética, de los pequeños errores de la Naturaleza que nos hace ser diferentes uno de los otros.

Y resoplé otra vez.

Durante la información adopté un aire más serio de lo habitual. Intentando encontrarme a mí mismo, alteré el orden de información para que su caso fuese el último al que informaría. No quería estar allí, no deseaba ser quién les dijese las malas nuevas; no sabía qué decirles ni cómo decírselo, el tono a emplear, el grado de cordialidad que necesitaría y el de seriedad sin ser plúmbeo…

Los familiares fueron pasando y los minutos fluyendo hasta que me tocó llamarlos. Sin saber todavía qué hacer, me dejé llevar por el instinto y los hice pasar a la habitación de la información. Entraron cabizbajos aunque esperanzados; un apretón de manos sólido por parte del padre y una sonrisa algo retraída de quien supuse era la tía del chico. Y comencé.

Serio y científico. Comencé a contar la perorata genética, la mutación de la que quizá era portador y que hacía que su cuerpo empezase a comportarse de la forma que lo estaba haciendo y que lo llevará, irremediablemente, a la muerte. Serio y científico me detuve en medio de la explicación aséptica que estaba dando… Me entendían, no lo dudo, pero me di cuenta que nadie les había hablado de esa posibilidad. Mis otros colegas se habían amparado en otra hipótesis diagnóstica a la hora de intentar dar explicación a la rareza de aquel chico (ya de por sí harto difícil de entender) y que ninguno le había no ya ofrecido, si no ni siquiera mencionado, la posibilidad de una alteración genética que no tenía cura alguna, ni parche para seguir viviendo.

Sentí que había cometido un error. El padre me miraba fijamente, quizá buscando una explicación coherente a ese galimatías del cual lo único claro era que su hijo estaba tan enfermo que había acabado en la UCI. Y yo estaba allí soltándole una perorata de alteraciones genéticas y fines oscuros.

La tía del chaval miraba al suelo y suspiraba. Y yo cargado de una seriedad muy necesaria pero inútil.

Es uno de esos momentos de la vida en la que deseamos desvanecernos en el éter o, algo más fácil, no haber escogido semejante trabajo.

Pero allí estábamos los tres y yo debía hacer algo para salir de esa encrucijada en la que estábamos.

Empecé desde el principio. Cambié mis palabras por otras más amables pero igual de firmes. No despegué mi mirada de sus ojos. Les hice ver que, fuese correcta una hipótesis u otra, no había cura posible y que el desenlace final sería el mismo, que su cuerpo podía dejar de luchar en cualquier momento y que intentaríamos que fuese lo más tarde posible, lo mejor posible, lo menos duro posible, lo más cómodo posible.

Amplié mis sentidos todo lo que pude para poder abarcar la sensibilidad de aquel hombre que me veía con lágrimas en los ojos. Intenté sentir en mi interior el miedo, la impotencia, la tristeza y la desazón que debía sentir ese corazón cansado que me estaba oyendo. E intenté sonreír con la mirada, e intenté que mi voz sonara dulce aunque firme, e intenté que supiera que su miedo era comprendido, que su dolor era asumido, que su cansancio era asimilado, y que su niño, hijo único además, estaría en todo momento más que mimado, querido.

No sé si fui demasiado firme. No sé si pude transmitirles algo de mi propia paz, que se tambalea a veces más de lo que deseo. Cuando terminé sólo les sonreí y la tía del chico me miró con los ojos límpidos y el padre volvió a darme la mano con una intensidad diferente, con un punto de agradecimiento y otro poco de tristeza. Les enseñé la puerta y los acompañé (como hago siempre) a la sala de espera.

Al cerrar la puerta oí un sollozo ahogado y suspiré. Temblando, me apoyé en la puerta cerrada y volví a suspirar tratando de revisar en la memoria los errores que pude haber cometido con ellos y si la mala idea de la Realidad había quedada lo suficientemente clara para cuando la Muerte tocase a la puerta de aquel niño de ojos grandes.

No lo sé.

Durante el resto de la guardia fui de aquí para allá y de vez en cuando asomaba la cara para saludarlo. El chico con su sonrisa. La madre absorta. La tía callada. Y el padre, con los mismos ojos enormes, asintiendo con la cabeza.

Durante la noche, el chico no dormía y la enfermera me pidió que pasase a verlo. El chaval estaba con su padre, hablando de sus cosas. Revisé la hoja de evolución y hablé un poco con él. El chico me interrogó con la mirada. Sin decirme nada, sabía que quería saber qué tal iba. Había tenido algo de fiebre y algo de dolor en las horas previas.

- ¿Qué tal la pierna?

Le pregunté. Él sonrió.

- De maravilla. Ya no me duele… ¿Y la fiebre?

Me lo quedé mirando.

- ¿Qué crees?

- Que estoy mejor.

- Pues eso.

Y le sonreía señalando con el pulgar. El chico se echó a reír y le comentó al padre lo raro que le parecía. El padre intentó sonreír a su vez y cabeceó en señal afirmativa.

- Parece un buen tío.

Le dijo a su niño. Y todos reímos.

La noche pasó y a la mañana siguiente sólo se quejaba de que tenia hambre. Lo cual no está nada mal. Nada mal. Y me despedí de él con la certeza de que nunca más lo volvería a ver… Pero cierro los ojos y puedo dibujar esa mirada brillante y grande y oír el eco de esa sonrisa callada… Morirá, pero no para mí. No por ahora.

No sé qué nos hace ser lo que somos. Ignoro qué papel parecemos jugar unos con otros en este teatro que es el mundo. Hace dos meses tuve que tomar una decisión personal, detener los esfuerzos de alguien que me era muy querido porque ya no había más salida, y decírselo a una mujer que era una esposa y a un hijo que lo idolatraba. Eso no fue fácil, NO es fácil, como tampoco ha sido esto.

No sé si es necesario tener siempre abiertos los sentidos y la sensibilidad a flor de piel para poder vivir. Ni siquiera sé si eso es sano. Pero a veces hace falta echar un paso atrás, bajar un escalón, afrontar las realidades, adecuar el tono de voz, la longitud de la sonrisa y el roce de la piel. A veces sólo hace falta que tengamos un poco de consideración, un poco de serenidad y un mucho de respeto para poder hacer lo que hacemos. En cualquier profesión, en cualquier relación, en cualquier instante de la vida.

E ignoro si estoy en el buen camino. Por eso a veces me hago estas preguntas y me quedo esperando, aceptándolo, una respuesta que nunca obtendré.

   10707109_645630085535893_699107116_nNo comparto la noche con él.

   No me presenta como suyo, no intenta que le cuide o que le alimente. No pretende que le lave la ropa o que le escoja los zapatos a juego con su traje.

   No quiere llevarme al fin del mundo. Ni siquiera al bar de la esquina. Ni piensa llenarme de sueños ni colmarme de alegrías.

   Y sin embargo es mío. Cada minuto que paso con él; cada hora que me regala, es un paraíso que no tiene final. SU voz oscura, sus palabras sedosas, sus manos sedientas del placer que yo le doy; y sus silencio final y el arrullo de sus brazos cuando de la locura que nos une ya no queda nada.

   No me pide nada. No le exijo nada. No pasará conmigo un día de fiesta, ni recordará mi cumpleaños ni me regalará rosas… Él es así.

   Es de otra. O puede que lo sea. Aunque calla sé que tiene niños que mimar y un trabajo al que cuidar.

   Otra se ocupará de su ropa y de su peinado, de su manicura y su dieta. Y se dirá su dueña, como si fuese un trofeo que exhibir, una presea que alcanzar.

   Pero es todo mío cuando atraviesa la puerta de nuestro paraíso. Y no hay memoria que lo aleje de mí ni suficientes mañanas ni años enteros; cuando me abras el mundo se detiene y se llena de constantes sorpresas y de escondidos suspiros entre mis brazos. Y su risa estalla en la cara pálida y sus ojos sonríen tras el hartazgo de nuestros cuerpos. Y yo me ocupo de su perfume, para que siempre huela a mí.

   Ella no lo sabe. Ella me ignora. El mundo no sabe, el mundo no perdona. Por eso no salimos de este paraíso juntos, por eso nunca llevaré su nombre en mi dedo ni su compañía a mi lado.  Yo lo sé, y ni lo pretendo ni lo espero. Yo sé quién es él y yo así lo quiero. Aunque el amanecer nunca me vea a su lado ni yo duerma seguro lejos de él.

   Porque lo amo. Y no busqué amarlo. Pero cuando toca, toca, y no hay lucha, sólo capitulaciones. Ay el amor que nos desbarata la vida y nos regala sorpresas, sorpresas que nos dan la vida.

   Como él.

   Y no me dice nada. Y sólo me abraza. Y no me cuenta qué le pasa ni cómo va su vida, sólo suspira y me sonríe y me ama y me deja hacer. Ni soy suyo ni él es mío. Pero somos de los dos.

   Y no hay papel que indique que estamos juntos, y no hay lugar que sepa que nos queremos, salvo estas paredes y esta cama, que aún conserva grabado el calor de su costumbre, y los límites de mi piel.

   Soy casi feliz. O lo más que hubiera podido serlo nunca. Lo tengo casi todo. Casi todo de él y de mí. Y no pido más a la vida, salvo seguir así. Porque no puede ser más y así es el mundo. Y en él estamos juntos, con eso tengo más que suficiente.

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ENTREGA

 

                  El susurro del mar me despertó antes de que el alba se asomase por el horizonte. Me desperecé suavemente temiendo despertarte; no quiero que rompas esa paz de sueño que semejas paladear apenas sin darte cuenta. Continúas dormida a mi lado como si fueses una niña pequeña, con tu boquita cerrada, tus párpados caídos, esas cejas que se pierden… Verte dormir es casi como violar tu intimidad, casi como dejar de ser tú misma: siempre nos avergonzamos de nuestro rostro manchado de sueño. Y sin embargo tu belleza se me antoja serena ante esta pálida luz que crece, y un grito me inunda el cuerpo y casi me estalla en la garganta del puro gozo que siento al verte tendida a mi lado.

                   Sé que me amas. ¿Estarías aquí si así no fuera? Sabes que yo te amo…Tienes razón: el reposo es la mejor de las respuestas. Callas, mujer. A tu mudez me resigno. No importa; ahora descansa. Descansa hasta que el alba se haga día y podamos contemplarnos, y decirnos, y hacernos amar dulcemente como en los cuentos.

                   Llegamos como lluvia silenciosa al mar lento, mojado y azul, durante un atardecer que parecía durar una eternidad inmensa. Los colores rojizos y verdes nos guarecían de la brisa del Océano; nos hacían acercarnos el uno al otro con lentos vaivenes. Las gaviotas graznaban sobre las olas; los cangrejitos oscuros salían a besar la sal desprendida de la espuma del mar. Nos miramos de frente entonces, como si no lo hubiésemos hecho antes, sintiendo dentro, muy dentro, una especie de misterio sin conclusión. Te sentí muy nueva, tan queriendo ser yo, que apenas me pude controlar; tu mano se deslizaba por el pelo apartándolo de esos labios borrosos… Al verte un rugir, que era del agua y de mí mismo, ascendía por mi pecho y llegaba a mis ojos y los hacía estallar. Tu risa, enclavada en medio de esa boca de fresa, mojaba con palabras no dichas ese acercamiento que hacía tremolar a nuestras pieles. Nos reímos juntos y nos miramos juntos, y nuestras manos comenzaron a rodear los límites de nuestros seres.

                   El tiempo pasaba. La noche que surgió de repente de aquella vorágine del ocaso fue oscura e íntima, nos acariciaba como a dos viejos amigos. El mar, ese aliado plácido, apenas dormía. Su lento movimiento de adagio llegaba hasta nosotros disfrazado de encaje o de caricia; cubría de las miradas importunas las intenciones que no nos decíamos; desnudaba sin querer los deseos que iluminaban nuestros ojos. Te miré a los ojos, castaños y ansiosos, y la vida se agolpó en mi garganta. Mudo colmo estaba, sólo me quedaron los tactos. Poco a poco me fui acercando; tú no oponías resistencia. Me reíste y yo me reí. La marea subía y mojaba a la arena, feliz en medio de aquella resaca de espuma fresquita. Te reí y tú te reíste. Nos volvimos a mirar, y algo se abrió en nosotros.

                   Superadas todas las barreras, comencé a recorrer tu cuerpo con mis manos. Los dedos, que fluían por tu piel como las gotas de una fuente, descubrían emocionados rincones desconocidos y otros nuevos y otros aún sin explorar. Mis labios, atrapados aún en la cárcel de la vergüenza, se retorcían llenos de la ansiedad del exiliado. Tú te reías de mí y desesperabas a un mismo tiempo: tus manos intentaban encontrar mis formas y tus labios, lejanos, se mostraban pálidos y hambrientos, casi necesitados.

                   Sentados en el borde de una roca gris, jugueteabas con los pies en el mar mientras el cielo se cubría con la noche. Hacías subir el agua salada por ésas tus largas piernas de blanco papel secante: las gotas llegaban una por una a mi boca, que abierta intentaba beber esos líquidos que fluían del Océano y de ti. Te seguí, juguetón, junto con la brisa despertada de su sueño de horas; al soplar separaba la cascada invernal de tu vestido blanco; sentí de improviso el súbito temblor de esa piel cálida. Corrí hasta ti e intenté acercarme; tú no te negaste. Saboreé ese permiso sin pagar peaje. Nos reímos y nos abrazamos al borde del agua. El mundo (¿qué mundo que tú no formaras?) dejó de existir para mí.

                   Sentí que tu mano se deslizaba por mi pecho; jugando con él y abriéndolo en silencio. Me arrancaste la cotidianidad que lo cubría; descubriste un juego de músculos, de vasos, de deseos, que temblaban impávidos deseando tu poesía. Y como sin saber qué más hacer, escondiste el rostro entre esos relieves muertos e insensibles, y los llenaste de sensaciones, de aleteos y graznidos de aves; me hiciste cerrar los ojos, olvidarme del ser, y sólo sentir y disfrutar la caricia de tus labios, el pálido aroma de un corazón refugiado entre una lengua salivosa y una boca templada. Oh… Yo sólo me sentí digno; apenas comenzaba a saber lo que era sentirse amado.

                   Sin decirme nada, sólo con tus ademanes de diosa, te levantaste de la roca alejándote de mí y te dirigiste al mar. Allí, entre las olas que morían, sonriéndome con sonrisa de fruta, deslizaste tu disfraz de invierno por tu piel dejándolo caer en la arena húmeda. Esa piel, libre de cualquier atadura, arrancó destellos a las estrellas bajas y pálidas; tus hombros dibujaron sombras que se perdían en esa espalda sin forma, y tus caderas se movieron con el ir y venir de la marea. Sabiéndote plena, sonreíste de nuevo agitando tu cabellera a la brisa. Llamándome con los ojos, te zambulliste sin estrépito en medio de esa masa líquida, que quedó enmudecida al sentir en ella tu contacto. Emergiste de la espuma, como Venus de la olas, sin ningún ruido. El mar que quedó prendido a ti navegaba por aquel cuerpo desnudo que deseaba ser mío y que digavaba entre las fronteras borrosas de un océano todavía virgen de encuentros humanos. ¿Qué debo decir? Estabas preciosa. Me antojaste una Atenea nebulosa, furtiva entre unos claros de luna; Penélope, la eterna tejedora, quizá poseyera parte de tu encanto. En medio de aquella escena, te transformaste en una Musa, ligera bruma costera; aún más, te encarnaste en la Eva de mis sueños adánicos. Eras una diosa, un ala de cisne, un Eldorado. Yo era todo tuyo, y lo supiste allí mismo, cuando acudí a tu reclamo.

                   Los astros en la alta noche parecían tener frío, sus destellos temblorosos fueron toda la luz de nuestro encuentro. Hacía ya horas que tu boca recorría mi cuerpo liberado por ti y que tus brazos y piernas sujetaban en loco afán, como si temieran un deseo de fuga que jamás llegué a experimentar. Nuestras ropas, mezcladas con la arena, formaban más parte del mar que de nuestros propios cuerpos. Tu frío era mi frío; tu calor era nuestro abrigo. Tus manos sacudían mi ya despierto anhelo; las mías resucitaban tus olvidados deseos; las palabras corrían como ríos por nuestros ojos; el ¡Levántate! era poco para nuestra unión.

                   De pronto comenzó a caer una lluvia fina que apenas llegaba a la arena; llenó aquellos estremecimientos con un maravilloso brillo, pálida pátina de irrealidad. Viéndote gozar, entregada tranquila, me separé de ti. Abriendo los ojos, me viste llevarte hasta el balcón de rocas que la Naturaleza, hacía siglos, había dispuesto para nosotros. Allí extendí el lecho de hojas: tu cuerpo se amoldó a esos relieves con una plasticidad casi divina. Allí soñamos nuestra unión de sueños mientras la tímida lluvia se deshacía entre los dos. Con aquel temblor de estrellas aprecié tus rosas; en aquel rincón te hiciste terrena y yo un dios.

                   Mis pupilas te seguían, mis labios te sabían de memoria. Cada recodo de piel, cada pálpito, cada respiro tuyo dejó de ser desconocido; cada movimiento, hijo de una idea o de un deseo, engendraba a su vez una razón. El sabor de la sal avivó tu olor de mujer amada; mis manos, envueltas en un frenesí de placer, buscaron desesperadas a las tuyas, que tenías escondidas en mi espalda. El beso que nos dimos, largo y sabroso y dulce y gracioso, fue más que un beso: era una unión de bocas, sí, una unión de labios, pero también un lazo firme que resistió hasta el final los embates del mar. Ya sin temores te levanté en vilo y te mecí en mis brazos. Qué gusto encontrar que tus contornos encajaban con los míos; que ningún espacio sobraba; ni un verso, ni una canción. Juntos, abrazados hasta la madrugada, conseguimos acabar la oda de nuestro amor.

                   Tus ansias desesperadas fueron las mías; mis anhelos dieron fruto en tu cuerpo. Hasta el fin nuestras llamas ardieron por encima del agua como si fuesen ellas solas un refugio de moléculas, como si encarnaran por sí mismas un baile de átomos; el mar que iba y venía no hacía más que inflamar nuestra entrega: pasión destructora de las barreras de la carne, miedos que se funden en el crisol de los abrazos, fantasías dócilmente entregadas al calor de un beso, lazos que acaban siendo por sí solos la esencia de un amor.

                   Te amo… Una y otra vez te lo dije en el ir y venir de nuestros cuerpos. Me gritabas y yo te respondía: No, amor, no es sólo un encuentro nuestro contacto. El mar lo sabía, sí, estoy seguro, porque se sonrojó y se retiró para no estorbarnos. Entre aquellos vaivenes que me separaban y me unían a ti, te miré una vez con los ojos bien abiertos; tú, intuyéndolo quizás, abriste también los tuyos y nos encontramos en medio del placer mutuo por unos segundos… Vi en tu cara la felicidad de una Unión, de una Entrega. Y sé que viste en mi rostro el Éxtasis de ser tú, la fusión de mi mujerez, el complemento de tu hombría… Oh, plenitud del ser, objetivo de una vida…

                   Logré sentirme tú aquí, en este lecho de rocas; sentí de nuevo el latido que emergía de las cenizas de la nada. Tus brazos me rodearon sin agotamiento una y otra vez, como si el deseo no fuera humano, como si toda llama, una vez llegado su fin, no deba también retirarse y descansar. Pero yo te dejé hacer… Porque era a mí a quien moldeabas, porque era el calor del centro de tu ser lo que yo siempre había anhelado. Entonces supe que me habías poseído antes y que yo fui tuyo más de una vez. Porque como hombre tal vez deseaba aquel momento, oportunidad de que me llevaras dentro de ti y de mecerte entre mis brazos; pero como alma sólo acariciaba la oportunidad de integrar tus pliegues tan bien cortados, sólo deseaba tener la oportunidad de ser tu misma piel. Como Afrodita a Ares, como el Otro que es Uno, supe sin querer, en ese instante de paz que sigue al vaciamiento del cuerpo, que nuestra Entrega, como en un sueño ligero, había sido también una realidad palpable en esos otros mundos compuestos quizás, como el nuestro, de oscuridad, de fuego, de mar y de tierra, de estrellas brillantes.

                   Dicen que los que duermen descansan de nosotros, pero yo sé que no es así. Nuestro amor es tan fuerte que aun en sueños nos une, como un lazo más allá de lo físico que nunca se cansa.

                   Busco con mis besos esos senos rosados que, como deseos, emergen de ti. El observarte, callada y echada hacia un lado, llena toda mi vida. El contemplarte me aleja del mundo y trastoca mi mundo, que siempre has sido tú.

                   Duermes, callada y silenciosa, sublime maravilla. El alba intenta enamorarte, pero te mantienes fiel. Deseo tocarte… Está bien: me resigno. Esperaré a que despiertes de nuestra entrega de sueños; esperaré a que el sol entibie tu rostro y dé color a tus mejillas pálidas. Esperaré a que tu vida se deslice una vez más, como si fuera un secreto furtivo, por la mía, y esperaré hasta que el susurro de mi cuerpo, al verte reír, inflame nuestro amor.

                   El alba continúa su lento ascenso. Las gaviotas graznan felices, el mar regresa a la orilla y la moja, la espuma desaparece con un lento sonido… Tus ojos se van abriendo poco a poco… Estoy aquí…

                                                     Caraballeda, 1.988

10636019_10204397015382403_1168142412890240489_n-1El tiempo pasa pero no pasa. Es como un acúmulo de momentos presentes que se suceden de continuo, sin límites o fronteras que ayuden a definirlos, a separarlos, a pensarlos.

El tiempo es como un río, siempre corre y siempre está ahí. Así también es mi silencio, que callado lo llena todo: mis pensamientos, mi boca y mis intenciones. Ideas y proyectos pululan por doquier, brillando con mayor o menor intensidad, sin definirse en mi interior, sin hacer notar su fuerza gravitacional, su murmullo de atracción.

Y muchos aspectos de la vida que se vive pasan a través de mí y parece que no me afectan, chocando con unas barreras inviables que parecen rodearme desde hace mucho tiempo.

Y callado veo el día llegar a la noche y con el insomnio, la llegada de la mañana con la misma falta de interés. Todo me importa, todo me atrae, tira de mí y hasta me hace sentir culpable, pero la inmovilidad es atractiva y el silencio una adicción.

Soy adicto a quedarme callado. A hablar sin decir nada. A vivir sin vivir y a seguir adelante sin parecer estar caminando.

Pero todo vuelve, todo evoluciona, y poco a poco la vida se alza de nuevo, y proyectos nuevos y la eterna esperanza de cambiar de vida, de evolucionar, de ser por fin libre. Libre de unos grilletes que sólo están en mi interior.

Estar vivo/ Living.

07/09/2014

   10611229_335623413272954_118661708_nLlevo un tiempo replanteándome lo que hago. Pensar que no soy buen profesional me lleva a ello. Saber que no entrego lo mejor de mí es una de las causas que me llevan a sentir lo que siento, sin duda. También el tiempo que ha pasado, el desgaste del día a día; el enfrentamiento constante entre mis miedos y mis potencialidades, los logros y los fracasos, demasiados incluso para mí.

   En este maremoto constante, las peticiones de ayuda, la responsabilidad de llevar sobre los hombros la confianza de los demás, conocidos o no; fuerzas opuestas que desdibujan mis fronteras, que me han llevado a estados de inapetencia y, muchas veces, de negación, que generan más errores y daño a los demás.

   Todo esto hace que desee terminar con mi carrera. Desde hace unos años. Pero continúo aquí. ¿Razones? Muchas, incluso el miedo a afrontar la vida desde otra perspectiva; las responsabilidades familiares son una excusa y un escondrijo, mis errores, sencillas justificaciones; el aprecio o menosprecio de los demás, un acicate para el abandono o la dejadez, que viene a ser lo mismo. Y sin embargo sigo aquí.

   Estos largos meses con mi padre en la UCI, tomando responsabilidades, intentado zafarme de otras; siendo un eje además de un radio de las cosas que pasan; punto de referencia además de actor de reparto, no han ayudado mucho. Y las eternas peticiones de ayuda, porque todos necesitamos consejo y ayuda, sólo sembraron en mí el deseo irrefrenable de salir corriendo y olvidarme de todo, encontrar ese sueño que quizá haga latir a mi corazón, y dejar todo atrás.

   Pero no puedo. No, por ahora. Al fallecer mi padre supe que todo ese tiempo, todos esos años habían tenido esa posibilidad: su muerte señalaba el final de una larga etapa dedicada a sus cuidados, a sus necesidades, a su atención (algo mutuo, pues como padre jamás cesó de, a su manera, proveer mi seguridad). Y es cierto. Pero no del todo. Al menos no por ahora.

   Soy médico. Soy algo más que médico; quiero ser algo más que médico; sé que mis pasos deben ir en otra dirección, pero no puedo por ahora. Por ahora sólo me toca vivir este camino, hasta que el Destino decida cuál es el punto de inflexión, cuándo dejará de ser un abandono y transformase en la máxima expresión de mi vida.

   Vivir es un lío. Intentar hacer lo correcto también. Aún hay personas que me buscan, que me piden ayuda, que están asustadas y buscan en mí una boya a la que sujetarse, un puerto en el que atracar para llenarse de energía y dedicarse a ese camino brutal que es la pérdida de la Salud. Vuelvo a estar en el pasillo de la Salud Perdida, otra vez como portero de entrada y quizá como guía, a pesar de que mis pasos aún resuenan entre la cacofonía de los demás.

   Vivir es un equilibrio delicado. La pérdida de la Salud, el mayor bien del hombre, sigue angustiando, y todos los que me rodean buscan en mí un puente entre la Ignorancia y el Saber, entre la Aventura y la Esperanza.

   Me piden ayuda; intento zafarme; de un bien para mí deriva un mal para otros aún mayor por la tardanza; ese hiato de tiempo perdido está en mi cuenta pendiente, y lastra mi vida normal con pesadillas a veces y  a veces con remordimientos.

   Sigo siendo médico para los ojos ajenos. Sigo representando una artillería de ayuda, una esperanza pírrica, pero la única que creen tener. Y yo no puedo hacer nada para evitarlo.

   Vivir a veces es dejarse llevar por el río de los acontecimientos, adaptarse a la corriente de lo cotidiano hasta que aparece el signo adecuado, el momento correcto. Los pescadores saben tanto de esto como los monjes budistas, y mira que son distintos entre sí. No seré yo quien discrepe de un hecho semejante que se repite hasta el fin del mundo.

   Quizá lo importante es liberarse de las expectativas, o derivar el camino de esos sueños a la realidad más inmediata y plegarse al día a día.

   Ayudaré a todos aquellos que aún ahora piden mi ayuda. La necesitan para encontrar un camino adecuado dentro de la Enfermedad, para conocer cuál es la vía que deben recorrer, para servirles de guía en el Pasillo de la Salud Perdida. Ya he perdido demasiado tiempo corriendo en sentido contrario a mi presente. Lo merecen, porque nadie debe sentirse desamparado ante la Enfermedad.

   Y mientras tanto estaré alerta a las señales del camino, hasta encontrar ese momento en el que el Destino me haga saltar sin red, me indique que es el momento, que es mi oportunidad.

   Así que a volver a poner un poco de pasión, un poco de humildad y un mucho de generosidad… A fin y al cabo, también es una forma de estar vivo.

10601861_692734624152120_1629803708_n   Yo tenía un amor encerrado en el corazón. Lo llenaba, me hacía sentir único.

   Yo tenía un amor callado, que se esforzaba por salir a mi boca y llenarlo de besos.

   Yo tenía un amor que clamaba por ser libre y que se me escapaba por los poros para gritar su nombre.

   Yo guardaba un secreto, y ese secreto me hacía feliz.

   La gente me llamaba, me decía, me preguntaba. El brillo de mis ojos me delataba, mas de mis labios sellados sólo brotaban sonrisas. Lo más difícil de ocultar en esta vida es el amor y el catarro. Y yo estornudaba mariposas cada vez que estaba a su lado.

   Me esforzaba por ocultar mis ganas de abrazarle. Sudaba tinta china para no acercarme y dibujar un mapamundi en su espalda. Cuando estábamos solos el tiempo se diluía, y cada despedida era un eclipse. Pero brillaba el sol cada mañana cuando nos veíamos, y temblaba como una hoja cada vez que nos tocábamos.

   Yo tenía un amor secreto que me hacía único. Un amor secreto que me llenaba y me hacía feliz. Yo tenía, pero ya no tengo.

Porque ya no es un secreto nunca más.

   Hoy puedo gritar su nombre; puedo llenarme la boca con sus besos y de sus abrazos nos salen alas que nos hacen flotar. 

   Hoy puedo decir lo mucho que le quiero, lo especial que he sido desde que lo tengo, lo maravilloso que es sentir la luz de la tarde en el parque cogidos de la mano, y darnos un beso al abrigo de la sombra en medio de un gentío inexistente.

   Tengo un amor que es alegría pura, pasión pura, puro corazón. Y ese amor eres tú y juntos hoy, desde las montañas hasta el río, desde el edificio más pequeño a la loma más encrespada, podemos decir que ya no hay que esconderse, ya no hay qué temer, ya no hay que ocultarlo: nuestro amor ya no es secreto nunca más.

   Y gracias por abrir mi mundo, mi mente y mi corazón.

   La magia de tu nombre brilla a pleno sol, y ya no hay amor secreto que guardar ni que ocultar. Por ti. Y para mí.

   10598746_332342670267950_2045040382_nDurante ocho meses mi padre estuvo ingresado en la UCI donde trabajo de médico. Previamente había estado casi otro mes en la planta de hospitalización. Y previamente había superado dos cánceres de distinta localización, dos tromboembolismos pulmonares, varios episodios de trombosis venosa profunda, una pleuresía, varias discrasias sanguíneas, un hiperespelnismo, y tres cirugías previas secundarias todas una enfermedad autoinmune llamada Lupus Eritematoso Sistémico (LES): cuarenta y ocho años de su vida enfermo.

   Decir que mi padre fue un enfermo ejemplar sería reducirlo a poco: nunca perdió la sonrisa, creó una familia, levantó una empresa y se retiró obligado por la enfermedad, más que por otra cosa. Era una fuerza de la Naturaleza. Cantaba con una voz melodiosa y potente, era gracioso hasta la lágrima, le gustaba ser el centro de atención y jamás era aburrido. Formaba con mi madre un equipo extraordinario: pocos he visto, tras cincuenta años de vida en común, quererse como el primer día a pesar de las idas y venidas del Destino.

   Ellos estaban hechos el uno para el otro. Cómo se les iluminaban los ojos cada vez que se veían por las tardes mientras estuvo ingresado en la UCI: de hecho, el mayor tiempo que estuvieron separados en ese medio siglo de vida en común fueron estos últimos ocho meses. Y ni aún así pudimos separamos más tiempo, ni siquiera en su final.

   Cuando estamos acostumbrados a la presencia continua de la Enfermedad, hay cierta indulgencia y cierta desazón que se hermanan de forma extraña. Por un lado temerosos de una nueva embestida, que quizá sea la postrera (como ha ocurrido esta vez) por otro, cierta minimización de los síntomas que hacen que a veces no nos demos cuenta, o dejemos un poco de lado, lo que ocurre.

   Mi padre era una de esas personas que no se quejaba. No tuvo casi nunca dolor, su cuerpo a pesar de la eterna Enfermedad, era una obra de la bioquímica: sanaba en pocos días, tenía un umbral del dolor altísimo (no necesitó casi nunca analgésicos) y una capacidad de recuperación asombrosa. Durante su estancia en la UCI superó, amén la infección respiratoria que lo llevó a a ingresarlo, cuatro episodios de Shock Séptico y dos episodios de bloqueo cardíaco. A las pocas horas de su recuperación ya estaba preguntando, con hambre, qué le dábamos de comer.

  Y sin embargo pasó ocho largos meses ingresado en la UCI, al cuidado maravilloso de un equipo que se desvivió por atenderlo, y del que yo fui motivo y causa de preocupación constante. Ser parte del equipo médico que debía atenderlo, aunque yo sólo me ocupaba de él en la guardias, me causaba cierto desasosiego: cada uno de los integrantes de la UCI, desde la limpieza, pasando por la celaduría, la auxiliería, enfermería y médicos, también se sentían en parte responsables por ser yo parte del equipo en un principio, y porque mis padres se los metieron en el bolsillo (siendo simplemente lo que han sido siempre), después.

   Cualquier enfermo grave crea desazón en su familia; cualquier enfermo grave que está a nuestro cargo nos causa preocupación. Pero en estos meses esa inquietud se multiplicó exponencialmente, pues cada decisión era sopesada muchas veces; cada paso siendo muy analizad; cada respuesta a sus problemas, un acto de raciocinio aún mayor que en otros casos, donde la opinión de un neófito se pondera en la confianza al galeno; como yo era uno de los médicos, capaz de prever sus problemas y sus posibles salidas, cualquier decisión que no supondría una lucha traía consigo una carga mayor de estrés. Y desde aquí quiero pedir disculpas a todo el inmenso equipo de la UCI de Santiago de Compostela por ello. Y mi eterno y profundo agradecimiento.

   Hace ocho meses empezó un extraño viaje. Vi a mi padre casi todos los días, mañana y tarde, y durante las guardias por la noche y la madrugada. Intentaba estar para lo que necesitase; intentaba hacer entender a mi familia que, una vez pasado el momento de gran esperanza, la posibilidad de que no saliese vivo de allí era mucho mayor.

   Con la ayuda de todos, sí, pero bajo mi responsabilidad, una a una de las decisiones médicas fueron contando con mi permiso; una a una de las decisiones de cuidado de enfermería me eran consultadas; en general, procuré dar mi opinión pensado en mi padre y en mi madre y hermano más que en mí mismo, y lamento las veces que crucé el umbral del intrusismo: me pudieron la emoción y los nervios.

   No ha sido un período fácil. No imaginé nunca que pasara. Ni tampoco, una vez ocurrido, que lo fuese. Y sin embargo mis padres, perfectos emigrantes en su día, supieron plegarse a esa realidad, tanto, que transformaron la UCI en una especie de extensión de su sala de estar: todos venían a saludar, todos se quedaban para charlar un buen rato; chistes, ocurrencias, anécdotas, fotografías, descubrimientos, lágrimas y risas se sucedieron como los bizcochos, las rosquillas, los fiambres que mi madre pacientemente (y con gran cariño) iba haciendo cada tarde para compartir esas horas todos juntos. La rehabilitación, cuyo fisioterapeuta fue un regalo del cielo, los vaivenes, la desesperación también y la esperanza: en más de doscientos días todas las emociones humanas hicieron su particular parada de sentimientos y dejaron en mí honda huella.

Todo vivimos una muerte desde nuestra propia perspectiva. Ese viaje es más extraño siendo médico, siendo responsable a su vez de las decisiones que se toman en cada dirección hacia la recuperación de la Salud, y llegado el caso, en las decisiones que se toman una vez cesan todas las esperanzas por encontrarla. Me llevó ocho meses llegar a ese punto, y aún así, fue una decisión tomada en familia, pues no cabía nada más que dejarlo ir en paz.

Tras una gran lección como fue su vida, el momento de su partida fue dulce y triste. No sufrió, y la vivimos los tres: mi madre, mi hermano y yo junto a él, hasta el último suspiro. La muerte de mi padre pudo ser lo que siempre he deseado que fuese la de cualquiera: tranquila, sin estorbos ni ruidos ni alarmas, rodeados por aquellos a los que más se quiere, sin sufrimiento añadido, con sentido y sensibilidad, y con calma.

Y aún así, ese extraño viaje no ha hecho más que seguir en mi interior. Sé dónde cometí errores y el porqué. Y sé que pudiera haberlo hecho mejor, y sé que hubiese sido posible cometer más errores. No habrá ningún día que pase en que no me dé cuenta de algún tropiezo, de algún desliz. Y que ya nada puedo hacer para remediarlo.

Sobre todo para no volverlos a cometer con nadie, paciente o amigo, allegado o familiar, que confíe tan ciegamente como mis padres y hermanos hicieron conmigo.

Gracias a todos los que una vez trataron a mi padre. Gracias a todo el inmenso personal de la UCI que puso todo su cariño en cuidarlos, en mimarlos, en hacerlos sentir queridos: nunca sabrán cuánto afecto les profesan mis padres por ello. Ni sabrán nunca los grandes maestros que han sido para mí en estos largos meses juntos. Este extraño viaje no sería lo mismo sin ellos, y menos mal que he contado con ellos para seguir adelante.

Ni un día pasará sin que este extraño viaje termine. Y espero que, como todo en la vida, sea para bien.

Muchas gracias.

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