VIMEO-BLOG1

   Que sobra talento en España es innegable. Que éste tiene que emigrar para ser reconocido, desgraciadamente también.

   Decimos que el cine está en crisis, que las producciones teatrales también; que la Literatura agoniza; que las Artes Plásticas y la Danza sucumben por las faltas de ayudas.

   Sin embargo en España se producen películas, se hacen series de televisión, se editan muchos libros, se subsidian proyectos… ¿Qué ocurre, entonces? ¿Qué se hace mal?

   Puede que la mayoría de esas ayudas, de esos proyectos, sólo agraden a unos pocos; que tengan el beneplácito de ciertos amigos; que sólo consigan alcanzar la finalización de un proyecto un puñado de nombres que tuvieron suerte o que tienen buenas conexiones. Y nadie va a verlos, nadie consume cine, nadie compra un libro, qué pocos saben admirar producciones de nueva factura.

   El ámbito español carece de carácter, adolece de miedo, de falta de fuerza. Por eso el Talento debe emigrar hacia zonas que saben apreciar el brillo de la ganga en medio de los estratos de tierra a medio pulir, y que no temen arriesgar para generar obras de arte que puedan llegar a resonar en los corazones adecuados.

   No hay que tener miedo de apoyar el Arte, no hay que dejarse vencer sólo por una camarilla de amigos que reciben ayudas, denegándolas a otros. Si no queremos evitar que la factura, la marca, el “Hecho en…” no diga nunca España.

   Este es el caso de la cineasta Cristina Molino, que encontró apoyo en una televisión británica para financiar su corto Baila conmigo, ambientado como se le exigió, de una manera brillante, con la Danza. Una historia de una belleza visual sin igual, de una delicadeza única y llena de sentimientos a flor de piel.

   Sí: será mejor salir de España para pensar a lo grande y dejar los restos de lo que aquí se considera válido en las manos de quienes lo poseen en la actualidad, y seguir admirando lo foráneo. Esa quizá sea la única solución.

Gabriel_Garcia_Marquez

   Pocas veces tenemos la oportunidad de convivir día a día con grandes maestros de las Artes.

   En nuestro presente hay muy pocos; devorados por las ventas y lo efímero, están escondidos del ojo público, y por ende, lejos de ser disfrutados por aquellos que de seguro serían más felices con sus obras.

   El Arte late aún en el siglo XX. Y poco a poco, como una vela consumiéndose, va llegando a su fin.

   Que Gabriel García Márquez fue un revolucionario, el pionero, el primer escribidor que se atrevió con las letras (gracias al bagaje de otros grandes, más formales, como Rómulo Gallegos) lo que en el arte pictórico, escultórico y musical ya se había aceptado como normal: la frondosidad, la poesía, la abundancia, la imaginación que desborda Latinoamérica son el ritmo que aviva el mundo artístico mundial, no lo duda nadie. Desde la loca imaginación de sus cuentos, hasta el universo onírico, pero muy real, de sus novelas más laureadas, su talento brilla y se alza eterno desde Los Andes hasta los Himalayas.

   Como ya referí en una entrada muy anterior de este blog, para mí Gabriel García Márquez significó la pasión, el batir de alas, la revolución del amor, la posibilidad de vivir en la Literatura como si fuese el centro de mi propio corazón.

   Ya era premio Nobel, ya era Gabo para muchos; estaba embebido en el Comunismo, con el desafuero equivocado de la pasión latinoamericana, que todo lo lleva al extremo; Crónica de una muerte anunciada había sido editada hacía poco cuando, muy pequeño en el colegio, sobre los nueve años, (conté la historia de haber empezado en las letras a una edad muy temprana hace mucho) ya leíamos su producción. Sin embargo, yo guardaba un secreto en esa clase que nos obligaba a analizar esa novelita potente sobre la violencia y el sentir revolcado de la Latinoamérica profunda: había devorado ya todos sus cuentos, y latía todavía en mí (aún lo hace hoy) el relato: El rastro de tu sangre en la nieve, con una emoción que me hacía temblar y la impresión de un descubrimiento que nos devora y nos cambia los sentires para siempre.

   Eso era para mí García Márquez: revolución apasionada y la noción de que el amor todo lo puede, desde flotar sobre la luna hasta esperar el fin del mundo por conseguir la felicidad que  se nos niega de continuo. Él era Literatura para mí, como otros antes y después, pero hacía que lo cotidiano fuese mágico y que las tortuosas conclusiones a las que nos aboca la vida al vivirla se mostrasen amigables, comprensibles y aceptables.

   En medio del fragor de la selva, del fulgor de una prosa verborréica pero siempre precisa, la sabiduría de un gran escritor se esconde y refulge, en mágica redundancia. Macondo y sus líos de Buendías en Cien años de soledad, guarda en su interior el mismo nudo secreto que se muestra en Crónica de una muerte anunciada, y el mismo amor inmortal, la misma pasión icónica y el romanticismo más exacerbado (pero llevados a un grado de maestría sin igual que no alcanzaría ya jamás) en El amor en los tiempos del cólera. Eso es Escribir. Eso es Literatura en toda su pureza.

   Gabriel García Márquez me abrió las puertas, a los quince años, a la creencia de que todo era posible. Me permitió, a través de esa obra maestra que es El amor en los tiempos del cólera, comprender y disfrutar del pensamiento europeo, más intelectual pero menos apasionado, no aséptico pero casi, bajo cuyo foco se han escrito páginas y páginas de sabiduría, sentimientos, sentido y secretos humanos y que han configurado mi yo más creativo, mi pensar más auténtico. Él hizo que floreciera en mí la botánica amazónica, hizo que se grabase en mi interior el ritmo de las olas del Mar Caribe, hizo que los amaneceres rápidos y la luna de plata flotasen para siempre en el río de mis recuerdos.

   ¿Qué es lo bueno del Arte? Que siempre está vivo. Que siempre es primavera. Cada vez que abrimos las tapas de un libro, oímos una canción o vemos una fotografía o un retrato, la magia revive. Hasta siempre, señor García Márquez. Nos veremos, cuando queramos, en cada página escrita y en cada sentimiento reflejado en ellas. Y con placer.

   Muchas gracias por todo.

La espera/ Waiting.

11/04/2014

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 © Sergio de Luz

 Esperando la llegada del día. El lento amanecer. El reflejo de tu piel.

   El tiempo pasa, a veces demasiado lento, en esta espera infinita.

   Cierro los ojos y el aroma de tu cuerpo llega hasta mí y es como recrearte en la nada y llegar a tocarte y desearte sin fin.

   La espera es de goma y me envuelve en su arrullo. De bronce, de hierro. Sus dedos me aferran y me inmovilizan.

   Y pienso en ti.

   Tu sonrisa. Tus ojos de arena tostada. El ocaso de tu voz y la caricia firme, que se atenúa dibujando el camino de mi espalda hasta el cuello.

   Y tus besos de sal y de almendra.

   En la espera te dibujo. El deshielo de tu recuerdo apacigua mi sed. Y me vuelve loco.

   Esperando la llegada de la noche el viento se agita. La soledad sonora grita hasta dejarme sordo.

   Y pienso en ti.

   En tus dedos de alambre, en tu torso desnudo, en el reflejo de la luna en el balcón de tu piel.

   El tiempo pasa y me sobrepasa, se hace eternidad en un día y miles de segundos en las pestañas. Y estoy solo. Y me vuelve loco. Y no llegas.

   Intento oír tu voz oscura en el trasiego de la espera eterna. Y me hago de piedra y de salitre y de pan mientras espero.

   Mientras espero que vuelvas a mí.

   La espera es mi esperanza y también mi prisión, mi anhelo y mi castigo. Y me siento inútil y muchas veces también vacío. Mi imaginación se seca, mis latidos se enlentecen. A veces incluso parece que estoy muerto.

   Pero el dolor de tu ausencia me recuerda que sigo aquí, lleno de piel y sangre y ganas y soledades.

   En la espera el amanecer no llega. Y continúo extrañándote.

   _DSC2778fgCallado. Los ojos risueños. Pupilas verdes.

   Labios plegados. Aliento suave. Ademanes discretos.

   Él es uno más. Pero es alguien más.

   No es una vida cualquiera. Es él.

   De repente una sonrisa. Y el cuello que nace en el pecho al descubierto.

   Y mi mirada se turba.

  Podría ser él. Podría ser un sueño de piel y sentidos. Podría ser todo lo que yo hube esperado.

   Pero yo no.

   Soy invisible. Soy imposible. Balbuceo y callo. Y se me caen las cosas de la mano. Y un manojo de nervios en el estómago. Y sonrisa tonta cuando me llama.

   Yo soy una cara más en su mundo singular. Un momento pasajero en su tiempo sin igual.

   De repente se acerca. Y hasta me sonríe. Y extiende su brazo fuerte y, en ademán, aprieta mi mano.

  Siento que me deshago con su contacto cálido, con su firmeza de madera y y rosas.

   Él huele a rosas. Y mi corazón late desbocado sin que nadie lo detenga. Ni siquiera yo.

   No me importa soñar mientras esté así de cerca. E imaginarlo a pocos centímetros de mí, con el calor de los cuerpos que se encuentran y el rumor de unos labios en la piel y el baile de los dedos por la espalda.

   Y cierro los ojos…

   Me habla. O no. O lo imagino. O me deja a un lado.

   Y abro los ojos.

   Y allí está él, con una sonrisa única en su rostro perfecto. La camisa entreabierta, y el cuello partiendo de la nívea clavícula, y el brazo alado que nace del cuerpo de paloma…

   Y se va. A saludar a alguien más. A esa persona que sí le ama, o que él cree que ama.

   Que no soy yo.

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   1517038_1466177073612484_183375538_nLa noche soñada, Premio Primavera de novela 2014, es la nueva aventura literaria de Màxim Huerta.

   Desde la preciosa edición, con una cubierta evocadora y dulce, llena de brío y libertad, La noche soñada es una novela de múltiples capas que absorbe el paso del tiempo y lo descompone en un mar enorme de sentimientos y sentidos y quereres que se pueden oler, sentir y tocar.

   Màxim Huerta no miente como escritor: todo lo que le ha llevado hasta aquí está presente. El amor por la gastronomía, que hiende en los sentimientos de los personajes y los retrata; el mar azul, con aires de Mediterráneo, que los define y los acuna; la música, donde el bolero nada rítmico con el batir de las olas; la oscura presencia de la violencia y sus consecuencias, y la pérdida y el encuentro del amor.

   La noche soñada no es la historia de Justo Brightman. Desde un cristal masculino, Màxim Huerta nos retrata un mundo femenino único, regalando un abanico de personajes encantadores, llenos de secretos y socarronería; que luchan incansablemente para dibujar la felicidad en cristales de vapor y en letras de canciones; que crean su propio universo escapando de la prisión de la realidad. Y la realidad siempre es más caleidoscópica, más poliédrica de lo que jamás pensamos.

   La noche soñada es una novela de mil capas y un solo corazón. Quizá es la historia que todos quisiéramos vivir. Aún con su lado amargo y pedregoso. O tal vez es la historia que todos hemos vivido pasado por el filtro de su pluma y de sus gafas. Es decir, un mundo único, una evocación irrefrenable, una melancolía dulce, una disección delicada, sentimientos profundos y cierta desazón nada escondida, que fluye sin casi decirnos nada.

   Lo dulce… Lo dulce esconde un lado amargo. Lo brutal, la delicadeza más pura. El miedo, las alas para vivir en libertad. Y siempre, siempre, la herida del dolor, la búsqueda de lo que llamamos a veces felicidad, que justifica cualquier acción, todos los actos, incluso los más oscuros y callados, que a veces llevamos con nosotros como una cruz imaginaria. Justo Brightman es más parecido a nosotros de lo que jamás imaginamos.

   La noche soñada es un sueño de amor filial, fraternal y vital. Un viaje nada fácil, un retorno y una constante huida hacia adelante. Es el Màxim Huerta de El susurro de la caracola más que de Una tienda en París, y sin embargo… El sonido envolvente del mar, las luces de colores, los barquitos de papel que penden como estrellas en el cielo, los tapices donde se dibujan viajes increíbles, las partituras trabucadas que calman su enredo con el beso del viento; el descubrimiento del amor, que trastoca mundos e inflama deseos… Es leer vida y saborear el baile de los años desde una sencillez nada simple y desde una lucidez nada aséptica.

   Es Màxim Huerta en estado puro. Y de felicidad.

Barbra

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