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© PBS ARTS

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ENTREGA

 

                  El susurro del mar me despertó antes de que el alba se asomase por el horizonte. Me desperecé suavemente temiendo despertarte; no quiero que rompas esa paz de sueño que semejas paladear apenas sin darte cuenta. Continúas dormida a mi lado como si fueses una niña pequeña, con tu boquita cerrada, tus párpados caídos, esas cejas que se pierden… Verte dormir es casi como violar tu intimidad, casi como dejar de ser tú misma: siempre nos avergonzamos de nuestro rostro manchado de sueño. Y sin embargo tu belleza se me antoja serena ante esta pálida luz que crece, y un grito me inunda el cuerpo y casi me estalla en la garganta del puro gozo que siento al verte tendida a mi lado.

                   Sé que me amas. ¿Estarías aquí si así no fuera? Sabes que yo te amo…Tienes razón: el reposo es la mejor de las respuestas. Callas, mujer. A tu mudez me resigno. No importa; ahora descansa. Descansa hasta que el alba se haga día y podamos contemplarnos, y decirnos, y hacernos amar dulcemente como en los cuentos.

                   Llegamos como lluvia silenciosa al mar lento, mojado y azul, durante un atardecer que parecía durar una eternidad inmensa. Los colores rojizos y verdes nos guarecían de la brisa del Océano; nos hacían acercarnos el uno al otro con lentos vaivenes. Las gaviotas graznaban sobre las olas; los cangrejitos oscuros salían a besar la sal desprendida de la espuma del mar. Nos miramos de frente entonces, como si no lo hubiésemos hecho antes, sintiendo dentro, muy dentro, una especie de misterio sin conclusión. Te sentí muy nueva, tan queriendo ser yo, que apenas me pude controlar; tu mano se deslizaba por el pelo apartándolo de esos labios borrosos… Al verte un rugir, que era del agua y de mí mismo, ascendía por mi pecho y llegaba a mis ojos y los hacía estallar. Tu risa, enclavada en medio de esa boca de fresa, mojaba con palabras no dichas ese acercamiento que hacía tremolar a nuestras pieles. Nos reímos juntos y nos miramos juntos, y nuestras manos comenzaron a rodear los límites de nuestros seres.

                   El tiempo pasaba. La noche que surgió de repente de aquella vorágine del ocaso fue oscura e íntima, nos acariciaba como a dos viejos amigos. El mar, ese aliado plácido, apenas dormía. Su lento movimiento de adagio llegaba hasta nosotros disfrazado de encaje o de caricia; cubría de las miradas importunas las intenciones que no nos decíamos; desnudaba sin querer los deseos que iluminaban nuestros ojos. Te miré a los ojos, castaños y ansiosos, y la vida se agolpó en mi garganta. Mudo colmo estaba, sólo me quedaron los tactos. Poco a poco me fui acercando; tú no oponías resistencia. Me reíste y yo me reí. La marea subía y mojaba a la arena, feliz en medio de aquella resaca de espuma fresquita. Te reí y tú te reíste. Nos volvimos a mirar, y algo se abrió en nosotros.

                   Superadas todas las barreras, comencé a recorrer tu cuerpo con mis manos. Los dedos, que fluían por tu piel como las gotas de una fuente, descubrían emocionados rincones desconocidos y otros nuevos y otros aún sin explorar. Mis labios, atrapados aún en la cárcel de la vergüenza, se retorcían llenos de la ansiedad del exiliado. Tú te reías de mí y desesperabas a un mismo tiempo: tus manos intentaban encontrar mis formas y tus labios, lejanos, se mostraban pálidos y hambrientos, casi necesitados.

                   Sentados en el borde de una roca gris, jugueteabas con los pies en el mar mientras el cielo se cubría con la noche. Hacías subir el agua salada por ésas tus largas piernas de blanco papel secante: las gotas llegaban una por una a mi boca, que abierta intentaba beber esos líquidos que fluían del Océano y de ti. Te seguí, juguetón, junto con la brisa despertada de su sueño de horas; al soplar separaba la cascada invernal de tu vestido blanco; sentí de improviso el súbito temblor de esa piel cálida. Corrí hasta ti e intenté acercarme; tú no te negaste. Saboreé ese permiso sin pagar peaje. Nos reímos y nos abrazamos al borde del agua. El mundo (¿qué mundo que tú no formaras?) dejó de existir para mí.

                   Sentí que tu mano se deslizaba por mi pecho; jugando con él y abriéndolo en silencio. Me arrancaste la cotidianidad que lo cubría; descubriste un juego de músculos, de vasos, de deseos, que temblaban impávidos deseando tu poesía. Y como sin saber qué más hacer, escondiste el rostro entre esos relieves muertos e insensibles, y los llenaste de sensaciones, de aleteos y graznidos de aves; me hiciste cerrar los ojos, olvidarme del ser, y sólo sentir y disfrutar la caricia de tus labios, el pálido aroma de un corazón refugiado entre una lengua salivosa y una boca templada. Oh… Yo sólo me sentí digno; apenas comenzaba a saber lo que era sentirse amado.

                   Sin decirme nada, sólo con tus ademanes de diosa, te levantaste de la roca alejándote de mí y te dirigiste al mar. Allí, entre las olas que morían, sonriéndome con sonrisa de fruta, deslizaste tu disfraz de invierno por tu piel dejándolo caer en la arena húmeda. Esa piel, libre de cualquier atadura, arrancó destellos a las estrellas bajas y pálidas; tus hombros dibujaron sombras que se perdían en esa espalda sin forma, y tus caderas se movieron con el ir y venir de la marea. Sabiéndote plena, sonreíste de nuevo agitando tu cabellera a la brisa. Llamándome con los ojos, te zambulliste sin estrépito en medio de esa masa líquida, que quedó enmudecida al sentir en ella tu contacto. Emergiste de la espuma, como Venus de la olas, sin ningún ruido. El mar que quedó prendido a ti navegaba por aquel cuerpo desnudo que deseaba ser mío y que digavaba entre las fronteras borrosas de un océano todavía virgen de encuentros humanos. ¿Qué debo decir? Estabas preciosa. Me antojaste una Atenea nebulosa, furtiva entre unos claros de luna; Penélope, la eterna tejedora, quizá poseyera parte de tu encanto. En medio de aquella escena, te transformaste en una Musa, ligera bruma costera; aún más, te encarnaste en la Eva de mis sueños adánicos. Eras una diosa, un ala de cisne, un Eldorado. Yo era todo tuyo, y lo supiste allí mismo, cuando acudí a tu reclamo.

                   Los astros en la alta noche parecían tener frío, sus destellos temblorosos fueron toda la luz de nuestro encuentro. Hacía ya horas que tu boca recorría mi cuerpo liberado por ti y que tus brazos y piernas sujetaban en loco afán, como si temieran un deseo de fuga que jamás llegué a experimentar. Nuestras ropas, mezcladas con la arena, formaban más parte del mar que de nuestros propios cuerpos. Tu frío era mi frío; tu calor era nuestro abrigo. Tus manos sacudían mi ya despierto anhelo; las mías resucitaban tus olvidados deseos; las palabras corrían como ríos por nuestros ojos; el ¡Levántate! era poco para nuestra unión.

                   De pronto comenzó a caer una lluvia fina que apenas llegaba a la arena; llenó aquellos estremecimientos con un maravilloso brillo, pálida pátina de irrealidad. Viéndote gozar, entregada tranquila, me separé de ti. Abriendo los ojos, me viste llevarte hasta el balcón de rocas que la Naturaleza, hacía siglos, había dispuesto para nosotros. Allí extendí el lecho de hojas: tu cuerpo se amoldó a esos relieves con una plasticidad casi divina. Allí soñamos nuestra unión de sueños mientras la tímida lluvia se deshacía entre los dos. Con aquel temblor de estrellas aprecié tus rosas; en aquel rincón te hiciste terrena y yo un dios.

                   Mis pupilas te seguían, mis labios te sabían de memoria. Cada recodo de piel, cada pálpito, cada respiro tuyo dejó de ser desconocido; cada movimiento, hijo de una idea o de un deseo, engendraba a su vez una razón. El sabor de la sal avivó tu olor de mujer amada; mis manos, envueltas en un frenesí de placer, buscaron desesperadas a las tuyas, que tenías escondidas en mi espalda. El beso que nos dimos, largo y sabroso y dulce y gracioso, fue más que un beso: era una unión de bocas, sí, una unión de labios, pero también un lazo firme que resistió hasta el final los embates del mar. Ya sin temores te levanté en vilo y te mecí en mis brazos. Qué gusto encontrar que tus contornos encajaban con los míos; que ningún espacio sobraba; ni un verso, ni una canción. Juntos, abrazados hasta la madrugada, conseguimos acabar la oda de nuestro amor.

                   Tus ansias desesperadas fueron las mías; mis anhelos dieron fruto en tu cuerpo. Hasta el fin nuestras llamas ardieron por encima del agua como si fuesen ellas solas un refugio de moléculas, como si encarnaran por sí mismas un baile de átomos; el mar que iba y venía no hacía más que inflamar nuestra entrega: pasión destructora de las barreras de la carne, miedos que se funden en el crisol de los abrazos, fantasías dócilmente entregadas al calor de un beso, lazos que acaban siendo por sí solos la esencia de un amor.

                   Te amo… Una y otra vez te lo dije en el ir y venir de nuestros cuerpos. Me gritabas y yo te respondía: No, amor, no es sólo un encuentro nuestro contacto. El mar lo sabía, sí, estoy seguro, porque se sonrojó y se retiró para no estorbarnos. Entre aquellos vaivenes que me separaban y me unían a ti, te miré una vez con los ojos bien abiertos; tú, intuyéndolo quizás, abriste también los tuyos y nos encontramos en medio del placer mutuo por unos segundos… Vi en tu cara la felicidad de una Unión, de una Entrega. Y sé que viste en mi rostro el Éxtasis de ser tú, la fusión de mi mujerez, el complemento de tu hombría… Oh, plenitud del ser, objetivo de una vida…

                   Logré sentirme tú aquí, en este lecho de rocas; sentí de nuevo el latido que emergía de las cenizas de la nada. Tus brazos me rodearon sin agotamiento una y otra vez, como si el deseo no fuera humano, como si toda llama, una vez llegado su fin, no deba también retirarse y descansar. Pero yo te dejé hacer… Porque era a mí a quien moldeabas, porque era el calor del centro de tu ser lo que yo siempre había anhelado. Entonces supe que me habías poseído antes y que yo fui tuyo más de una vez. Porque como hombre tal vez deseaba aquel momento, oportunidad de que me llevaras dentro de ti y de mecerte entre mis brazos; pero como alma sólo acariciaba la oportunidad de integrar tus pliegues tan bien cortados, sólo deseaba tener la oportunidad de ser tu misma piel. Como Afrodita a Ares, como el Otro que es Uno, supe sin querer, en ese instante de paz que sigue al vaciamiento del cuerpo, que nuestra Entrega, como en un sueño ligero, había sido también una realidad palpable en esos otros mundos compuestos quizás, como el nuestro, de oscuridad, de fuego, de mar y de tierra, de estrellas brillantes.

                   Dicen que los que duermen descansan de nosotros, pero yo sé que no es así. Nuestro amor es tan fuerte que aun en sueños nos une, como un lazo más allá de lo físico que nunca se cansa.

                   Busco con mis besos esos senos rosados que, como deseos, emergen de ti. El observarte, callada y echada hacia un lado, llena toda mi vida. El contemplarte me aleja del mundo y trastoca mi mundo, que siempre has sido tú.

                   Duermes, callada y silenciosa, sublime maravilla. El alba intenta enamorarte, pero te mantienes fiel. Deseo tocarte… Está bien: me resigno. Esperaré a que despiertes de nuestra entrega de sueños; esperaré a que el sol entibie tu rostro y dé color a tus mejillas pálidas. Esperaré a que tu vida se deslice una vez más, como si fuera un secreto furtivo, por la mía, y esperaré hasta que el susurro de mi cuerpo, al verte reír, inflame nuestro amor.

                   El alba continúa su lento ascenso. Las gaviotas graznan felices, el mar regresa a la orilla y la moja, la espuma desaparece con un lento sonido… Tus ojos se van abriendo poco a poco… Estoy aquí…

                                                     Caraballeda, 1.988

10636019_10204397015382403_1168142412890240489_n-1El tiempo pasa pero no pasa. Es como un acúmulo de momentos presentes que se suceden de continuo, sin límites o fronteras que ayuden a definirlos, a separarlos, a pensarlos.

El tiempo es como un río, siempre corre y siempre está ahí. Así también es mi silencio, que callado lo llena todo: mis pensamientos, mi boca y mis intenciones. Ideas y proyectos pululan por doquier, brillando con mayor o menor intensidad, sin definirse en mi interior, sin hacer notar su fuerza gravitacional, su murmullo de atracción.

Y muchos aspectos de la vida que se vive pasan a través de mí y parece que no me afectan, chocando con unas barreras inviables que parecen rodearme desde hace mucho tiempo.

Y callado veo el día llegar a la noche y con el insomnio, la llegada de la mañana con la misma falta de interés. Todo me importa, todo me atrae, tira de mí y hasta me hace sentir culpable, pero la inmovilidad es atractiva y el silencio una adicción.

Soy adicto a quedarme callado. A hablar sin decir nada. A vivir sin vivir y a seguir adelante sin parecer estar caminando.

Pero todo vuelve, todo evoluciona, y poco a poco la vida se alza de nuevo, y proyectos nuevos y la eterna esperanza de cambiar de vida, de evolucionar, de ser por fin libre. Libre de unos grilletes que sólo están en mi interior.

   10489711_10203549771618330_9218701623972587432_nHe tenido la alegría de descubrir a Paco Seoane. La fortuna y la suerte, además. Hombre lleno de Arte, asimismo es una persona de gran corazón, que abre su alma a través de sus trazos y dibuja la realidad que lo rodea, es decir su alma, con un trazo lleno de divinidad, repleto de corazón.

   Su Arte es muy realista. En una sociedad cansada quizá de un Abstraccionismo demasiado intrincado y centrado en sí mismo, demasiado incestuoso, los movimientos artísticos que intentan atrapar la belleza, la esencia y la propia realidad de las cosas se erigen como un canto a lo bello que nos rodea, a visualizar nuestro día a día a través del tamiz sensible de almas únicas que lo captan y lo reflejan. Más que una imitación de la realidad, intentan capturar las formas y traspasar las fronteras físicas de lo retratado y quien lo retrata, jugando con los sentidos y las sensaciones y los fenómenos telúricos que se fraguan dentro de cada uno de nosotros, arrojando, en forma de bosquejo y de dibujo, lo que escondemos, la intimidad más secreta y, por ende, la más bella.

   Paco Seoane trabaja fundamentalmente a lápiz y a carboncillo. Maravilla de técnica, su trabajo escapa en sus momentos más brillantes (y son tantos) a la bidimensionalidad del papel, se hacen carne y lágrimas, viento y deseos, alegrías y tristezas, sensaciones y tactos. Jugando con la luz y con las sombras del grafito, de la carbonilla, logra arrancar, desde el espacio en blanco del papel, un universo único, muy propio, con el que nos identificamos y aceptamos, y en el que nos encontramos abiertos a flor de piel.

   El talento de Paco Seoane se toca, se siente. Es tan orgánico como el polvo del carboncillo, como el trazo diligente con el que bosqueja corazones y miradas; de suerte que oímos el tintineo de una sonrisa, el sabor de unas lágrimas y el tacto afectuoso o apasionado o desesperado o sensual de un abrazo interminable.

   Lo que llega de su obra es el corazón; lo que revoluciona de su obra es la ebullición a la que lleva a nuestros sentidos, la sensualidad que se desprende del papel, la pureza siempre y la delicadeza en el trato. Su Arte es amable, plácido, sensual, tranquilo. Y por eso mismo conquista: porque nos endulza, nos engalana, nos arropa en un universo sensible como un corazón, suave como un útero. Y nos cambia de fuera adentro casi sin darnos cuenta, casi sin hacerse notar.

   Eso es el fin de cualquier artista: plasmar un cambio de mundo, arrancar de la cotidianidad una revolución interior, y reflejar las luchas, y los logros, con una desvergüenza encantadora, con un arrebato sencillo.

   El lápiz de Paco Seoane hace Dibujos de Realidad, traza Criaturas de Lápiz, y plasma su corazón en ellos. Y con el suyo, nuestras almas apoyadas en sus obras, nuestros sentidos abiertos por su magia.

   Qué bello es el Arte y qué bien nos hace. Y cuánto bien nos regala cuando alguien como Paco Seoane lo encarna.

Clint Eastwood. Changeling. End Titles.

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