485259_388629887834858_463158060_nSilencio.

Oigo un susurro rítmico, respiración algo agitada. Y labios que se humedecen. La saliva refresca mi boca reseca. Cada una de sus grietas, cada cosquilleo casi imperceptible de mi lengua sobre ellos.

Ojos.

Siento la luz que escapa de la lámpara. Un rayo atenuado me hiere las pupilas, que se contraen de repente con un chasquido. Y parpadeo. Y dejo de ver por un instante la sombra que me acompaña, el bulto forme que dirige cada uno de sus movimientos hacia mí.

Un principio.

Tiendo mis brazos para alcanzar su espalda. Y noto cada uno de los músculos tensarse y relajarse,  extender cada una de sus fibras, llenarse de esfuerzo para después descansar, intranquilas, en la piel achispada y suave.

Hay pequeños chispazos de electricidad entre mis dedos y su piel, algo húmeda por el sudor. Siento cómo me baña cada uno de los dedos, como penetro en su interior, el agua caliente de la transpiración, la perspicacia de la carne, ese juego escurridizo y viscoso de los humores del cuerpo.

Todo en mí se haya en alerta, como un secreto abierto. Cada poro, cada cabello; mis orejas sonrosadas y mis pies algo fríos, que froto una y mil veces, retorcidos por el secreto placer de la compañía y también de la soledad. La mía.

Y mis dedos recorren cada parcela de su cara. Se detienen en las cejas, dibujándolas.  Y en la punta de la nariz, graciosa como una broma a dos. También en el mentón delicado, y en ese cuello interminable.

Los sentidos como abanicos desplegados, llenos de electricidad y de certeza y de un calor frío. Procuro no parar un deseo que parece desbordarse de mí, latiendo desaforado y nublándome el pensamiento. Intento que el sentido no se deshaga en sentidos, y que toda conciencia deje de serlo al hundirme más y más en las caricias que le dan mis manos, en la presión de mi torso sobre le suyo, en la maraña de mis piernas y las suyas. Pero me cuesta.

Todo en mí está encendido. Me veo fulgurar como una hoguera, como un planeta. Y la tierra y el mar están aquí, a diez centímetros de mí, con la respiración agitada, llena de vaho que humedece mi rostro.

Calor.

La habitación está llena de humedad. Nuestro sudor se mezcla como se entrelazan los besos. Hundo mi cabeza en su pecho y el cosquilleo de cada cabello me produce risa. Y me río, me río con la boca abierta y las intenciones desnudas, como la penumbra que nos acompaña y la noche que llena la ventana. Y la felicidad que se engancha en cada abrazo y en cada beso.

Todo en mí es un descubrimiento. Siento que tiemblo y cada uno de mis músculos es un espasmo que busca perpetrar esa excitación, ese momento infinito donde todo es posible: la belleza, la urgencia, el placer, el abandono, la soledad y el silencio.

Todo en mí es un principio, una novedad. Su cuerpo es. El mío respira. Y la espalda se encorva para recibir aplausos y el cuello se humilla ante la vida. La que nos damos estando juntos, muy juntos, casi sin hablarnos; la que sentimos lejos, en otros cuerpos, en otros momentos de efímera ilusión.

Silencio.

Gemidos a veces que escapan mudos de mi garganta. Cierro los ojos y siento el maremoto de mis sentidos expuestos, todos y cada uno, desnudos, liberados, ajenos a todo lo que no sea su propio deseo, su único placer.

Y no me preocupa nada: ni el alquiler, ni la comida, ni lo que me pondré mañana. Sólo quiero estar así en pura perpetuidad. Desnudo de inhibiciones, lleno de anhelos y de apremios, sediento de besos y caricias y dedos y sentires. Y de deseos de perfección, de belleza, de penumbra y oscuridad y pura luz. La suya.

Todo en mí está aquí, ahora resoplando, ahora dormitando. La lámpara apagada, las cortinas descorridas, la ventana abierta, la noche asomada, las nubes desplegadas, la luna tímida.

Un principio de entera libertad.

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70050020150626103529CUANDO-ASEDIEN   Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos es el libro recopilatorio de los relatos hasta ahora publicados de Mary Ann Clark Bremer. Una mujer que se ha descubierto fascinante y que vivió intensamente los avatares de un convulso siglo XX desde la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del muro de Berlín y el fin de la ridícula Guerra Fría.

Esta recopilación muestra en un solo volumen las novelas que de forma errática se habían publicado hasta el momento de su autora, toda suerte que escribió en diversos idiomas y siempre bajo seudónimos, y consiguen descubrirnos la pluma incandescente de una mujer teñida de Literatura, pero jamás abrumada por ella, y llena de vida, pero jamás sobrepasada por ella.

Mary Ann Clark Bremer escribe sobre su mundo interior con gran suspicacia y con inmensa delicadeza. Su exquisita educación, sus ganas de ser siempre mejor de lo que pudiera ser; el maravilloso jardín secreto de un alma cultivada y pura y que llega a una edad en la que no le da vergüenza perder todas las máscaras, mostrarse desnuda, sin adornos, completamente vulnerable.

El volumen está compuesto por los cuatro relatos ya publicados separadamente más uno (el que le da título a la antología) inédito hasta ahora. Una biblioteca de verano, Cuando acabe el invierno, El librero de París y la princesa rusa y Una pasión parecida al miedo se nos muestran uniformes, hilvanados por el hilo invisible del tiempo, cuyo colofón, que no final, resuena en Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos, dejándonos la imagen de la flor Edelweiss como símbolo femenino de resistencia y eterno retorno.

El lenguaje es directo, rico en referencias literarias, casi anticuado en las formas, pero tan delicado, tan simple, tan desprovisto de metáforas inútiles (o tan lleno de metáforas incandescentes) que lo sentimos cercano; que la distancia física de más medio siglo que nos separa de su redacción y su edición no tiene peso en la cuenta final. Es la vida de una mujer con la capacidad de desnudar su vulnerabilidad sin perder la compostura; con el coraje de enfrentar sus miedos, sus deseos, sus necesidades y sus pérdidas con una determinación asombrosa y con una serena fidelidad a sí misma y a cuantos formaron parte de su vida. Su lectura  nos evoca en ciertos pasajes a otra mujer singular: Isak Dinesen, y en mucho, más que eco casi una bisectriz invisible, a Sei Shonagon y a Murasaki Shikibu, por esa capacidad de evocar el mundo femenino desde un estado de ligera crítica, de defensa acérrima y con una clarividencia que sigue asombrando a los lectores del siglo XXI a los que va dedicado su descubrimiento y publicación.

Su estilo es único, es suyo. Pese a los ecos antes mencionados, nadie escribe como Mary Ann Clark Bremen, ni siquiera mujeres contemporáneas con las que su trayectoria vital podría, si no parecerse, al menos correr paralela: Marguerite Duras, o Marguerite Yourcenar, por poner dos ejemplos franceses para una mujer que, si bien era un cuarto francesa y vivió en el París posocupación nazi, era norteamericana de nacimiento y mente y acabó prefiriendo ser suiza de hogar, mas no de alma.

Los dos primeros relatos son, para mí, obras maestras. Delicados, comprimidos, cargados de una melancólica tristeza, de una aguda clarividencia; lleno de ecos y de referencias, repletos de amor, de sentimientos, de afrentas y de victorias reales sobre las circunstancias y sobre si misma. Nadie ha escrito sobre la vulnerabilidad de la vida; nadie ha escrito con la firme delicadeza de un alma grande sobre la necesidad de reafirmarse como mujer, ese caleidoscopio frondoso que todo hombre cortó de raíz, o que no ha dejado desarrollarse, como lo ha hecho ella. Equidistante de las dos Marguerites (la franco-belga, con su bello lenguaje lleno de clasicismo y de clarividencia de rayo láser; la francesa, con esa desnuda entrega, con ese aguerrido frenesí, ambas muy hombre-mujer más que mujer-hombre, como la autora que nos ocupa) e Isak Dinesen (que pasó por todas las fases en un desarrollo imparable que la llevó de Escandinavia a África y de vuelta al hogar siendo más mujer y más hombre, es decir, más individuo que ninguno de sus contemporáneos), se separa diametralmente de las obras de las mencionadas por su tema, por su despliegue y desarrollo, y por ende, por su originalidad.

Mary Ann Clark Bermer nos deja claro que escribe sobre sí misma, sus miedos, sus sentimientos, sus secretos anhelos, sus equivocaciones, con la intimidad de un diario de recuerdos, con la certeza que nada es más sólido que la vulnerabilidad, nada más vistoso que la desnudez de un alma que se entrega consciente al relato, pero jamás sin adornos. Con un lenguaje conciso y precioso, cargado de chispas de humor y también de reinvindicaciones, que nos retrotraen a esos ejemplos del medioevo japonés (tan evolucionado entonces) con Sei Shonagon por un lado (a a que me evocó en la primera parte de Una biblioteca de verano) y Murasaki Shikibu por otro, (más en Cuando acabe el invierno y posteriormente en los otros tres relatos de la antología), en la que narra usando personajes (evocados en sí misma) de peripecias singulares y de una evolución interior más profundos que los que el príncipe Genji llega a alcanzar jamás, quizá porque es hombre o porque nunca se para a pensar en ello.

Qué gusto reencontrar de nuevo Literatura sabrosa, que se desliza llena de poesía, que se deleita en las buenas maneras sin ser gazmoña, que es intensa sin ser llamativa, profunda sin pedantería y valiente, llena de esa libertad de la que el siglo XX fue el último trozo de tiempo capaz de producirla.

Hay algo en Mary Ann Clark Bremer que nos recuerda, como Marguerite Yourcenar evoca en los cuadernos de notas a Memorias de Adriano, la suprema libertad del pie desnudo. La escritora franco-belga la tenía, y muchas otras escritoras (desde Virginia Wolf hasta Alfonsina Storni) la alcanzaron, pagando su propia muerte a veces, y a veces escandalizando con verdades como puños a una sociedad mojigata que se negaba a ver a las mujeres como simplemente son: mujeres. Mary Ann Clark Bremer lo fue a su manera y esa manera está dibujada, con un trazo más delicado pero firme, en cada uno de los relatos de Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos: directos al corazón, como una flecha de oro (Teresa de Ávila, Safo, Gertrude Stein), en los relatos Una biblioteca de verano y Cuando acabe el invierno (los que más me gustan y me han enamorado) y camuflados en personajes que son, en muchos aspectos, ella misma (como Murasaki Shikibu, Marguerite Duras o Isak Dinesen) en El librero francés y la princesa rusa y Una pasión parecida al miedo.

Y encontramos lo que más nos ha gustado de Mary Ann Clark Bremer autora, lo que nos  atrae, lo que nos hechiza: su capacidad de retratar la vulnerabilidad de la manera más maravillosa posible y demostrar que puede ser el motor de una larga vida, de una vida llena, de una vida singular. Como su literatura.

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El nadador en el mar secreto William KotzwinkleWilliam Kotzwinkle escribió a principios de la década de 1970 un librito maravilloso. Un éxito fulgurante que cayó en el olvido y que ahora, tras reaparecer en el año 2012, lo ha encumbrado (aún) más, llevándolo al lugar que ha debido merecer desde su originaria publicación.

Es maravilloso cómo puede condensar una historia tan intensa, un plenario de sentimientos, en cien páginas. Para nuestros tiempos eso es milagroso. Y ninguna de ellas trata sobre robos, secuestros, persecuciones, misterios, drogas, maltrato u olvidos. Es maravilloso que cien páginas contengan el dolor del mundo, del vacío y la desilusión, y que lo hagan con tanta poesía y cercanía, con un lenguaje onírico pero tan vívido y con una delicadeza tan absorbente y cercana.

El nadador en el mar secreto no es más que el relato de un nacimiento. La espera, los nervios, los sentimientos encontrados, el dolor de la pérdida y la tenue esperanza de seguir con vida. Aplicada con imágenes del realismo mágico latinoamericano, la narración en tercera persona del trocito de vida de los Laski se nos presenta dulce, intensa, tierna, terrenal y triste a la vez. Somos ella y somos él y somos la nieve eterna de un invierno del Norte, el suave crujido del hielo al pisarse y las salas asépticas de un hospital, el habla seca de los profesionales de la vida y la muerte, y el enfrentamiento, individual y como pareja, de un naufragio único, la pérdida del nadador que nace en medio del mar secreto de un parto.

William Kotzwinkle nos regala un arte quizá ya perdido: el de la concisión, el de la belleza encerrada en las palabras justas, donde cada sentimiento tiene un peso comprensible envuelto en imágenes sencillas, directas y, por lo mismo, conmovedoras.7060_1

Presenciamos el inicio de un parto, su consecución, su final y los sentimientos entrecortados, rotos en la orilla de la realidad y asumidos (asumidos de la manera menos asumible posible) dentro de la dureza de la vida diaria, sin embargo dulce, sin embargo delicada y llena de amor.

No hay vida sin pérdidas, escribí una vez en un relato que algún día espero vea la luz. El nadador en el mar secreto parece opinar lo mismo, sin mucha palabrería pero con mucha sensibilidad; sin mucho artificio, salvo la desnudez de un corazón doloso que necesita expresar la pérdida y el duelo de la mejor forma que puede: escribiendo pura poesía.

Una divinidad.

11011220_10206581107223334_5194833935309412900_o   Al menos una vez al día te recuerdo. Me asalta de repente, sorprendiéndome al principio, cuando era una novedad. Ahora espero a que llegue con algo de ansiedad: tal paz tu recuerdo da a mi vida.

   Quizá sólo haya algo que me reproche por siempre, y es haberme alejado de ti. Aún con los años que han pasado y todo lo que ha llovido y lo que ha girado el mundo en nuestras vidas, saber que pude haber sido más que feliz contigo, más yo que nunca, hace que reproche mi torpeza, o mi orgullo o mi ceguera, o todo a la vez.

   Al menos una vez al día dibujo en mi memoria tu rostro. Tan natural, tan sencillo, lleno de sonrisa, los ojos cerrados, la nariz algo prominente, los labios plegados, y esa sombra única de tu espalda sobre la cama. Al menos una vez al día puedo dibujar tu rostro con una precisión de rayo láser.

   Y en en esos momentos me pregunto qué habrá sido de ti. Si te habrás casado, si habrás conocido una felicidad parecida (nunca la misma) que ambos tuvimos. Me pregunto cómo te habrá tratado la vida, si se habrá llenado de nieve tu cabellera oscura, si habrá surcos de tristeza alrededor de esos ojos maravillosos donde brillaba el mundo de los veinte años. Y si tendrás a alguien a tu lado que haga olvidar lo que yo cada día recuerdo más: el sabor de tus besos, el peso exacto de tu cuerpo sobre el mío; esa compañía llena de silencio y de presencia. Y si llegas a pensar en mí…

   En esos momentos en los que me lleno de tus recuerdos, oigo tu voz. Esa cascada grave, esa risa tintineante, esos reclamos amargos. Todo llega a mí: lo que tuvimos de extraordinario y de ordinario; lo que hicimos de único y lo que finalmente nos perdió. Qué injusta ha sido la vida con nosotros. Habrás encontrado, como yo, un amor sustituto que no era nuestro amor, pero que nos ha llevado, mecidos y adormilados, a nuestro hoy.

   Me gustaría buscarte, me gustaría saber de ti. Y sé de ti cuando cierro los ojos y el pensamiento dibuja tu rostro, paso a paso: las pestañas cerradas, la boca entreabierta, y los brazos relajados sobre tu cuello, elegante y lleno de mis besos…

   Cuánto tiempo ha pasado, y en cada recodo de mi memoria aún puedo dibujar tu rostro, y mi amor por ti brota, único, como la primera vez…

   Y es cuando me atrapa la duda y el ansia de saberlo de inmediato… A ti, ¿te habría pasado alguna vez?

Y sueño contigo, y pienso contigo, y amo contigo, como una vez fue.

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